lunes, 23 de abril de 2018

Sant Jordi 2018: La Tesi

Feliç Sant Jordi! Després de passar una tarda intensa entre roses i llibres, us deixo el relat que he presentat aquest any al Concurs de Relats Curts de TMB. Espero que us agradi!

La Tesi

Amb la tesi sota el braç, faig una esprintada cap a la parada; se m’acaba d’escapar un autobús. Aprofito per repassar l’index, en menys de dues cares ja n’arriba un altre. Sense veure quin és, trec la T-Jove i entro amb compte de no perdre la bossa, la tesi ni la carmanyola.


Tan bon punt es tanquen les portes, aixeco la mirada per passar la targeta i em quedo sorpresa; el bus està decorat amb un estil vintage; no té ni màquina per validar el viatge. Els primers seients estan ocupats per sis nans. Quatre d’ells porten la barba arreglada i la roba neta i ben pulida. Els altres dos fan riallades sonores i s’han despentinat. Concentrada en tots ells, quasi no m’adono de que algú em crida l’atenció agafant-me per l’abric: un altre nan, aquest sense cabell, em fa signes educadament demanant-me que el deixi passar. Pren seient al costat dels que riuen i em deixa pensarosa.

Continuo cercant lloc per seure; prefereixo fer asseguda el trajecte des de Bailén fins la universitat. Sobretot si les cames em tremolen pels nervis; espero que al meu tutor li agradi la vista preliminar de la tesi. Ser Doctora en enginyeria és quelcom que he somiat des de fa anys, però la fama d’exigència del Dr. Pla em fa difícil això de ser optimista.

Aixeco el cap i em quedo en xoc. Tres persones en miniatura juguen a cartes en dos seients laterals. Estan completament pintats de color blau. La seva veu és massa aguda i duen un singular barret de color blanc. Em giro i compto un alre cop els set nans. Em desmaio.

Una veu adulta em desperta i em dóna un  tros de pa, sembla que he tornat a la normalitat. Començo a parlar amb aquell bon home, deu tenir 50 anys. Li pregunto on sóc, què ha passat. Em diu que no em preocupi, que em quedi amb ell. Quan porto deu minuts parlant-hi, m’adono d’un detall quasi irrellevant. Per sota de la bufanda albiro una barba amb un to que sembla blavós. No pot ser. He de fugir de Barbablava com sigui. Corro cap a la porta del bus i de sobte fem una parada. Abans que pugui saltar fora, entra un noi ben plantat i xoquem de front. Es disculpa. Els set nans baixen i també puja un nen petitó amb una ovella.

El meu cap torna al noi jove, va vestit de príncep. Bé, arribat aquest punt, assumeixo que és un príncep. Em pregunta si estic bé i recull la carmanyola del terra, la mira estranyat i me la torna. “Dispensi” S’asseu amb el nen. La ovella ocupa el passadís i es começa a menjar un paper que troba al sòl. Comprovo que es tracta del meu esquema de la tesi i li prenc ràpidament. El nen es disculpa “Perdoni, encara no l'he educada. Només sap que no pot menjar roses.” Li contesto amb un “No pateixi”. Ja no sé qui sóc ni si la que no encaixo realment sóc jo.

Un cop de volant em fa tornar a la realitat. Necessito desesperadament arribar a la universitat abans de les 9 en punt. El conductor crida un “Agafin-se!” i gira bruscament altre cop. Veig el que passa; un drac gegant ocupa la Diagonal i escup bafarades de foc. Amb la cua tomba dos cotxes i d’un cop de peu fa descarrilar el tram. Sento un crit “Ja et tinc, drac endimoniat!”; el príncep baixa del bus corrent mentre desembeina una espasa. Ara que les portes són obertes, aprofito per sortir d’aquest bus maleït. Marxo corrent cap la universitat sense mirar enrere; poc a poc la situació es normalitza i el cor se’m tranquil·litza. Entrego la tesi i en sortir veig quelcom extrany... Els carrers estan inundats de roses. Desconec què ha passat; ara ja no sé si el que he vist és o no veritat.

Belén Llátser Nieto




miércoles, 27 de diciembre de 2017

La carta


Estaba helado, sólo quería meterme en la cama y dormirme cuanto antes. Lo tenía todo hecho, el turrón y las tres tazas; el salón perfecto para que vinieran.

Exhausto, sólo hizo falta rozar la almohada. Esta vez ni siquiera intenté esperarles despierto, total, en cuarenta años no lo había conseguido.

Cuando abrí los ojos, tenía un escenario algo curioso ante mí. Una carta yacía en una mesa, no me pude contener, las dudas me inundaban. Decía así.

Queridos Reyes Magos, sé que son comprensivos. No he sido muy bueno, tampoco altruista, pero al menos me he molestado en enviarles mi lista. Deseo muchas cosas, ustedes me conocen bien. Pero su buena fama les precede, ¿por qué no me las iban a conceder?

Me cuesta un poco la generosidad, ya saben que aquí abajo eso es difícil de enmendar. Les pido oro, oro puro en lingotes. Entre sus riquezas, algún rincón encontrarán que les sobre. A Él se lo trajeron, ¿por qué no a mí? ¿Acaso no necesito yo también vivir? Intentaré compartirlo, lo prometo. Y si no lo consiguiere, lo gastaría todo entero. No se preocupen, no me va a sobrar. Prometo fielmente que lo voy a aprovechar.

Y si ustedes supieran, yo no paso hambre. Pero querría comer y comer, y seguir comiendo sin saciarme. Y si a mi lado encontrara algún famélico, no sufran Majestades. Compartiría con él los restos, siempre que me sobraren. Pueden ver que soy considerado, comparto cuando puedo. Y si no puedo lo intento, eso a ustedes siempre les hizo ilusión.

Señores, mi trabajo aquí es duro. Todo el día apago fuego, me frustra ver cómo prende de nuevo. Es una obsesión, un suplicio. Casi no hay tiempo para dedicarme a ningún vicio. Si pudieran resolver mis tareas, les estaría eternamente agradecido. Podría incluso ser bueno, y al noble descanso prestarle mi servicio. No es pereza, es practicidad. Les aseguro que este regalo supondría mi felicidad.

Ustedes saben lo que me divierte, conocen mis entrañas, saben de mi suerte. De mil compañías distintas querría disponer, aunque seguro que para ustedes este deseo no es de buen ver. Lo dejo en sus manos, pero entiendan mi situación. No son ustedes quienes deben hacerme entrar en razón.

Y si por un momento su generosidad les embriagara, hay un regalo que me haría feliz eternamente. Hay un resquicio de Paz en la vida de la gente, un sosiego que siempre recupera sus mentes. Este trasfondo me anula, me impide y me desespera. Querría que la ira empapara sus cabezas. Sólo durante un día, aunque fueran unas horas. Desearía ver la ira impregnando todas las cosas. Tal diversión sería incontenible; el disfrute máximo, un espectáculo sublime.

Y si una última cosa me pudieran conceder, mi agradecimiento sería infinito. Con la humanidad se hizo algo inaudito. Se llevaron los mejores regalos, un trato ventajoso y un mimo bochornoso. ¿Cómo puede tolerarse? Quiero que sus privilegios se acaben. No puedo soportarlo, me puede. No quiero ni oírles ni verles. ¡Habrase visto! Desespero. Sin fuego ni infierno, siempre en el punto perfecto. Siempre tan maravillosos, es detestable. Cómo desearía que con ellos no fueran afables. A nosotros los demonios no se nos dio tal opción; seguro que sin ser malos, se nos condenó sin razón. No deseo una mejora para mí, pido un castigo para ellos. Que sepan lo que es sufrir, que conozcan que no todo es bueno. Ése es mi deseo, pues. Que no goce de su gracia ningún humano; que por un año, todos se queden sin regalos.

Hasta aquí mi lista de deseos. Gracias por leerla, de verdad estoy complacido. Larga vida al fuego, feliz Navidad desde mi Reino.

Increíble, acabé de leer asustado. Esa carta me había dejado congelado. ¿Cómo se podía ser tan avaricioso? ¿Cómo podía alguien haber dejado que la gula y la pereza dominaran su ser? Y por si fuera poco, la lujuria y la ira también había brillado. Para colmo, una envidia insaciable, yo jamás podría caer tan bajo. Estaba claro que no había arreglo para aquel espécimen.

Empecé a pensar en mis virtudes por encima de aquel ser, y de pronto la situación empezó a torcerse. La sala se inundaba de carbón, desconozco de dónde salía. Por suerte algo me despertó y acabó mi pesadilla. Carbón era lo único que podrían traerle, abrí los ojos y me quedé pensativo. Era más que obvio, carbón era lo máximo a lo que podía aspirar.

De pronto, recordé qué día era. Me levanté rápido y corrí hacia el salón. Estaba todo, absolutamente todo lo que había pedido. Siempre, siempre perfecto.

Entre los regalos, vi algo que no esperaba. Juraría que la curiosidad empapó mi cara. Lo cogí, se me mancharon las manos. Era la primera vez que veía un carbón tan extraño. Era más negro que el de la barbacoa, debajo habían dejado una nota. 

Sólo para que recuerdes que nadie es perfecto, pues esta noche te hemos visto algo soberbio. Vemos cada pensamiento, aunque sea pequeño; deberías saber que a Oriente llegan incluso los sueños.” 





lunes, 23 de enero de 2017

Rodilla, para qué te quiero

Esta es una carta que alguien podría estar escribiéndole a su única rodilla. No soy yo, ni es alguien cualquiera, pero me he tomado la libertad de meterme en su cabeza por unos instantes, mientras la escribo. Espero que no te importe.

 “Querida rodilla:

Gracias, y perdón. Te trato con toda la delicadeza de la que dispongo, pero no puedo quitarte el trabajo que te corresponde… Te prometo que lo intento aligerar. Esta noche descansaré mis horas, o al menos lo intentaré.

No me dejes solo, rodilla. Sabes que te necesito para acabar esta pista. No puedo controlar este esquí sin ti, sé que la pendiente es pronunciada. Hay bams y eso te duele, pero hemos pasado por situaciones peores, ¿las recuerdas? Te prometo un caldo caliente al final de la bajada, pero tú no pares, no te rindas. Yo le digo al cuádriceps que te ayude, tú sigue gestionando las curvas, lo haces muy bien, querida rodilla.

Siento la soledad, siento que tu gemela te dejara sola hace treinta y siete años. Siento que hayas tenido que enfrentarte a todo esto sola, pero ¿qué te voy a contar? También eso nos ha convertido en mejores amigos. Tú, yo y un puñado de músculos. Juntos en Colorado, en Nagano. Juntos en aquellos descensos, en los súper gigantes y los slaloms, qué jóvenes éramos… Dinamita.

Hemos sido un gran equipo, hemos hecho grandes cosas. Los mundiales con el equipo español, aquél esquí largo que dominaste a tu gusto. Los Pirineos con la familia, la princesa y los críos, la felicidad. Juventud, divino tesoro. En aquél entonces nada nos pesaba. Semanas de entrenamiento, bicicleta y trabajo con tu compañera de titanio. Cuánto te agradezco que hayas aprendido a amarla… como si fuera tu hermana, la que perdimos aquel verano.

Y juntos renunciamos a la vela, al mar abierto. A correr y al tenis. Pero al esquí no, eso no podía quedar atrás, era un precio demasiado alto y no se lo íbamos a pagar a la vida. Y la bicicleta tampoco, hay cosas que no se pueden evitar. Hay amores que nunca mueren.

He abusado de tu fortaleza, lo sé. He intentado gestionar tus fuerzas lo mejor que he podido, lo mejor que he sabido. Sé que te subí a Lillehammer, y me defendiste a capa y espada, y vencimos. Sé que te metí en la Titan, y en medio del desierto también diste la talla, y volvimos a vencer. Y con cada subida en bici desafiábamos a la gravedad, y con cada bajada esquiando la disfrutábamos. Porque a ti también te han gustado las aventuras, no puedes mentirme. Sonríes cuando vienen curvas, aunque sientas los años que se cobran la comodidad,  la frescura. Ahora ya necesitamos el viscoelástico, no es sólo una preferencia. Pero tú sabes que por dentro siempre seremos aquellos jovenzuelos que aprendían a andar… de nuevo.

Suerte que tuvimos al encontrar sustitutas de metal, a saber qué habríamos hecho solos tú y yo. Las muletas se habrían cargado nuestros hombros. Pero el cuerpo está hecho para andar sobre dos piernas -de las de verdad-, y eso también nos ha pasado factura a ti, a mí y a nuestra querida espalda. Aun así, no se lo permitiremos, el tiempo no tiene permiso para hacer lo que quiera, nunca se lo hemos dado. Y seguiremos.

Seguiremos esquiando a nuestras anchas, o con el ancho que nos dé el cansancio. Tomaremos caldito caliente y pararemos con frecuencia, todo por un buen día en las pistas. Con pesar nos tuvimos que despedir de la bicicleta, pero nadar también nos ha gustado. Seguiremos en ello, pues. La adaptación siempre se nos dio bien.

Y aunque llegue el temporal, y aunque nos hagamos mayores. Aunque cada vez cueste más, seguiremos ganando. Porque eso es lo que hemos hecho, formar equipo y ganar. Y volveremos a los Alpes, y los conquistaremos. Y renovaremos esquí, stabilos, anorak o casco, pero nosotros seguiremos siendo los mismos. Porque ¿qué haría yo sin ti, rodilla mía? Y ¿qué habrías hecho tú sin mí? Y por eso te pido que aguantes un poco más, mantente firme. Que la bajada ya acaba, que sólo quedan un par de curvas. Seguiremos venciendo a las circunstancias, porque de eso sí sabemos. Es lo que somos, es lo que hacemos.”



sábado, 24 de diciembre de 2016

Carta a SSMM los Reyes Magos de Oriente

Queridos lectores… Feliz Navidad! Ha pasado otro año, y qué rápido ha sido esta vez.

Ya he preparado mi carta a los Reyes Magos. Ya sabéis que si no se les escribe una carta, puede que olviden pasar por casa. También voy a dejar mi zapatilla y algo de turrón, los pobres deben acabar exhaustos en una de las grandes noches del año.

"Muy queridos Reyes Magos de Oriente:

Este año me he esforzado por ser buena. He tenido poco tiempo para escribir en el blog, por lo que sospecho que me habrán reservado ustedes algo de carbón. Aun así, espero que por los otros asuntos que han salido mejor, me puedan traer los siguientes regalos.

Me gustaría pedir Salud. No por que no la tenga, o tema su pronta pérdida, sino porque me he dado cuenta de que la Salud es como la nieve en invierno, el olor a flores en primavera o el aire mientras dormimos. Sólo nos damos cuenta cuando no está. Nunca la había pedido antes, pero tras esta reflexión me he decidido a ponerla en la Carta de este año. Sé que va muy buscada y pedida… Espero que puedan reservar una parte para mí.

También querría pedir cables. Cables de corriente continua para echarlos a todas las personas que tienen algún problema serio y no saben cómo resolverlo, o no tienen fuerzas para hacerlo. Y por qué no, también cableados sencillos para los problemillas pequeños. Aquellos que en realidad no entran en el criterio de lo “importante”, pero que inevitablemente nos importan. Es imprescindible que sean de corriente continua porque la ayuda debería ser paulatina, ir llegando sin interrupción ni cambios de sentido.

En mi Carta no podría faltar blanqueador dental. Tiene pinta de que habrá muchas, muchísimas sonrisas en 2017. Estarán repartidas por todo el globo, en las ciudades, en las playas y montañas. Se repetirán y volverán a repetirse. Las habrá abiertas, preciosas. Otras serán tímidas, apenas apreciables. Traigan el blanqueador a granel para las carcajadas, y en pequeñas dosis para las sonrisas más introvertidas. Todas, todas merecen ser extraordinarias; de ahí mi petición.

Me gustaría pedir un par de millones de brazos, para aquellos que con el sistema eléctrico que he mencionado no tengan suficiente. Deben ser musculosos, consistentes, para abrazar y consolar a cualquiera, incluso al más fuerte. Deben ir emparejados para formar el abrazo perfecto, con hombros impermeables para las lágrimas, y textura suave para calmarlo todo.

También querría pares de alas. Obviamente deben ir de dos en dos. Alas blancas de piel de conejo, invisibles a la mirada pero perceptibles al tacto. Con aroma a rosas recién cogidas, de las que tienen aquel color burdeos profundo y no encuentra uno cada día. Alas de ángel para todas aquellas personas que siempre ayudan, que están pendientes de cada detalle. Los que están en todo sin que nadie lo sepa, los que se preocupan por que todo salga bien, desde el discreto ángulo de la humildad. Para ellos alas de ángel, así podrán emprender un vuelo divertido y agradable cuando les apetezca.

No piensen que quiero ser abusona, ya mi Carta se acaba. Lo último que les quería pedir es que se concedan un capricho. Un regalo para sí. Todo el año observándonos, apuntando. Preparando el siguiente 6 de enero. Desde aquella primera Epifanía concediendo deseos, trayendo regalos. Contactando con proveedores, encontrando los juguetes más buscados, los regalos más complicados, los detalles más concretos. Todo para nosotros, y aquí yo sin poder darles las gracias. De modo que con su inevitable obediencia, tendrán que hacerme caso. Y concederse algo para su uso personal. Y así yo me quedaré contenta, tranquila. Agradecida y feliz. Y ustedes, siempre complacientes, siempre generosos… Seguirán viniendo cada año y nosotros, desde aquí, les amaremos.

Atentamente, 


Belén "


miércoles, 20 de julio de 2016

Paz (II)

Hola a todos, ¡siento la larga temporada sin escribir! Mil proyectos están haciendo que sea difícil encontrar ratos para dedicarme al blog, pero no os preocupéis, no os abandonaré. ¡A ver si logro cumplir con lo de “Al pot petit, la bona confitura”!

Lamento volver a escribir sobre la paz. Será que la encuentro interesante, o necesaria, o básica. O todas ellas.

Contradictoria. Incomprensible como la paz aparece en las peores situaciones, o puede desaparecer en las mejores, si uno no tiene su llave. Tremendo, actúa como y cuando quiere, si uno no la domina. Si no la controla, si no la posee. Si uno no tiene un As de paz en la manga, la situación se le tuerce cuando el azar así lo dicta. Cuando él quiere, a placer, a rabia.

Inmensa. La paz puede llegar a dominar a uno. La paz le atorga la capacidad de afrontar su peor pesadilla, un monstruo en el armario. Y vencerle cada noche, y dormir tranquilo. Y sin paz, no importa que no haya monstruo. Igual atormentará su hipotética presencia. Lo de menos es lo que haya el armario. Sin paz, incluso el aire torna en bestia.

Estable. La paz concede una de las cosas más anheladas por el hombre. La seguridad, aquello fiable. Aquello en lo que depositamos nuestro peso vital. Sin paz, jamás apoyaremos la carga del todo. La tranquilidad de ser consciente de que aquello troncal nunca fallará, sí, la paz la concede. Y el que la conoce y la domina lo sabe y, es más, cuenta con ello. Y ¿con qué cuenta el que no tiene paz? Con un péndulo sujeto al viento, a las patas de la mesa, al ruiseñor que lo golpea.

Paz es poder. Cualquier examen, cualquier dificultad, menguan si se enfrentan a alguien que tiene paz. La paz es el David que venció al más grande, al más fuerte. Y sí, hay problemas mayores que nosotros. “Nos superan en número y armamento”, diría aquel General. Y con una piedra… Con una piedra de paz bien lanzada, ya está ganada la batalla.

Paz es consejo, templanza. Saber decidir, o al menos no tener miedo a ello. Ir a por todas, o a por nada, pero a por algo en concreto, sabiendo a por lo que se va. Paz es resiliencia. Nada turba al pacífico. Nada le espanta. Y esas palabras no son mías.

Seguramente estaréis pensando que escribo esto por todas las personas que han finalizado los cursos académicos, o están apurando la temporada de trabajo cansados, antes de las vacaciones. Puede que algo tenga que ver, no os lo negaré. Pero la paz no entiende de estaciones, de días, de momentos. O está o no está, precisamente cuando se la necesita es cuando cuesta encontrar su llave. Pero su llave, eso sí que siempre está. Y además, está al alcance de todos, estoy radicalmente convencida de ello.




jueves, 15 de octubre de 2015

Paz.

Son muchos los que han escrito sobre los motivos por los que surgen la crisis. Otros tantos sobre los que las solucionan. He decidido sumarme a ese conjunto de generosos opinantes que nos deleitan con sus visiones, pero en mi caso, de un modo un tanto más abierto. Voy a generalizar con cualquier crisis que pueda ensombrecer toda situación, sea banal o trascendental. Yo creo que uno de los factores principales es la paz, o la ausencia de ella.

¿Paz? La paz no es solamente el estado opuesto a una guerra sangrienta, plagada de armas de fuego y conflictos políticos. Su falta ni siquiera necesita manifestarse exteriormente. La paz a la que me refiero es aquella que caracteriza al que vive con templanza, que empapa su interior.

Me gusta ver a las personas como pequeños núcleos pensantes que se mueven por la ciudad, entrecruzando sus vidas. Dentro de cada núcleo, hay dos enfoques posibles que pueden darse ante un problema. El sereno ordenará su mente con el nuevo estado de “conflicto” implementado en ella, sin que eso le turbe. No perderá la paz, sino que la utilizará para buscar una solución. No por ello dejando de ser ambicioso, al contrario; antes habrá intentado de diez maneras distintas llegar al éxito, que lo que el atolondrado habrá tardado en ordenar su caos interior. El que va con prisas, el que no disfruta… Aquel verá en cada amanecer una nueva amenaza a su delicada pseudo-calma. Va a emplear tanto tiempo en desenredar su agobio, que el problema se le habrá comido antes de llegar al prefacio de su primera solución.

Y si no tienes paz, ¿qué vas a hacer? Piensas que el que la tiene carece de inquietudes, pero no hay relación alguna. Eres tú, falto de paz, el que caerá en una crisis tras otra si no logras encontrar el sosiego que enfriará tu cabeza. Y si, en cambio, eres aquel que tiene quietud interior, serás capaz de ver el problema desde todas sus perspectivas, y lo resolverás en cónica, o en caballera.


¿Qué nos ha pasado? En este siglo hemos perdido la paz, todo nos perturba. Seis segundos que se retrasa el de delante al ponerse verde el semáforo, y ya me estoy quedando sin claxon. No pensamos, procesamos. El bloqueo generalizado cuando una situación no sigue el patrón nos priva de tantas cosas… De reírnos con la canción, porque el semáforo ya vuelve a estar rojo. Y el ordenador ha vuelto a engancharse, pero la solución está en el diagrama que ahora dibujaré con un lápiz. Y la cónica no resolvía el ejercicio… Pero la axonométrica te regaló el sobresaliente.

lunes, 10 de agosto de 2015

Por qué me da miedo el mar

¡Qué verano! Disculpad la tardanza para escribir en el blog, ando haciendo mil cosas. Espero que estéis pasando un solsticio de 10, y por si tenéis algún ratito libre, aquí estoy.

Ahora que es temporada de playa y agua, mucha gente me pregunta por qué soy reacia a bañarme en el mar. Y es que quienes me conocen bien saben que me da un pánico tremendo, ahí va la manera en que mejor he sabido plasmar la explicación.

En una calle oscura, en el bosque o en una habitación sin luz, uno puede tener miedo, pero siempre cuenta con una certeza: hay algo que puede considerar fijo. Cuando tocamos la tierra con algún miembro, tenemos fijada una referencia que, diría yo, ordena nuestra cabeza. Si uno se adentra en el mar, en cambio, pierde ese contacto con la mamá en la que ha vivido tantos años. Sabe lo que es vertical y horizontal, pero me parece a mí que la mente no está ya tan cómoda. Eso en primer lugar.

Por otra parte, pienso que quien inventó la Tierra tenía una base de criaturas que fue repartiendo por todas partes. Hizo sus cálculos y obtuvo una masa de agua necesaria para mantener el equilibrio global de ‘x’ kilos, y los llamó “Mar”. Creo que en cuanto tuvo distribuidas todas las bestias, las bonitas y las feas, que podían desplazarse y vivir de una manera normal por la tierra, le sobró un conjunto raro que no sabía dónde meter. Pero seguro que, ya que las había inventado, le hacía ilusión aprovecharlas para que también vivieran en su planetita, aunque fueran peligrosas y muy pocas de ellas se vieran bellas. Había que esconderlas, pero al mismo tiempo ponerlas en alguna parte. Pienso yo que ahí fue cuando Dios tiñó el mar de azul y metió todo lo que le sobraba ahí debajo. Lo levantó como una alfombra y ale, para dentro! Me perdonaréis, pero esto tiene toda la pinta de ser así. Y como eran tan raras e inmundas, tuvo que gastar toda la sal de su despensa para que pudieran vivir. ¿Véis? Ya de entrada unas criaturas un tanto liantes.

A eso hay que añadirle que estos animales, a los que no estamos tan acostumbrados, aprovechan la incertidumbre que uno encuentra en el mar y la pueden usar como ventaja. Que no, que las medusas no tienen ojos. ¡Miedo me da que los tuvieran! Y las olas… Prueba de que no hay paz ahí abajo, en un universo que debe estar siempre agitado.

Que no, que no, que yo ahí no me meto. Me dicen que es tontería lo que pienso, pero yo no lo veo tan alocado. Es entrar más hondo de las rodillas y ya un toc-toc interior me indica la salida. La expresión catalana que acierta del todo es un “cames ajudeu-me” hacia la orilla (algo así como “piernas ayudadme”). Media vuelta y a correr, en ocasiones contadas me baño entera cada verano. Ni siquiera de las aguas transparentes de Costa Esmeralda me llegué a fiar del todo. Sé que lo veréis exagerado.


Ahora que me he sentado a escribir el respeto que le tengo al océano, espero que lo podáis entender mejor. Sé que es complicado creer que me guste tanto la playa y tan poco el mar, pero qué voy a hacerle yo. No fue diseñado por mí, y seguro que era la única solución. Pero yo creo que ahí abajo hay más misterios de los que alcanza a cubrir mi serenidad.