lunes, 23 de enero de 2017

Rodilla, para qué te quiero

Esta es una carta que alguien podría estar escribiéndole a su única rodilla. No soy yo, ni es alguien cualquiera, pero me he tomado la libertad de meterme en su cabeza por unos instantes, mientras la escribo. Espero que no te importe.

 “Querida rodilla:

Gracias, y perdón. Te trato con toda la delicadeza de la que dispongo, pero no puedo quitarte el trabajo que te corresponde… Te prometo que lo intento aligerar. Esta noche descansaré mis horas, o al menos lo intentaré.

No me dejes solo, rodilla. Sabes que te necesito para acabar esta pista. No puedo controlar este esquí sin ti, sé que la pendiente es pronunciada. Hay bams y eso te duele, pero hemos pasado por situaciones peores, ¿las recuerdas? Te prometo un caldo caliente al final de la bajada, pero tú no pares, no te rindas. Yo le digo al cuádriceps que te ayude, tú sigue gestionando las curvas, lo haces muy bien, querida rodilla.

Siento la soledad, siento que tu gemela te dejara sola hace treinta y siete años. Siento que hayas tenido que enfrentarte a todo esto sola, pero ¿qué te voy a contar? También eso nos ha convertido en mejores amigos. Tú, yo y un puñado de músculos. Juntos en Colorado, en Nagano. Juntos en aquellos descensos, en los súper gigantes y los slaloms, qué jóvenes éramos… Dinamita.

Hemos sido un gran equipo, hemos hecho grandes cosas. Los mundiales con el equipo español, aquél esquí largo que dominaste a tu gusto. Los Pirineos con la familia, la princesa y los críos, la felicidad. Juventud, divino tesoro. En aquél entonces nada nos pesaba. Semanas de entrenamiento, bicicleta y trabajo con tu compañera de titanio. Cuánto te agradezco que hayas aprendido a amarla… como si fuera tu hermana, la que perdimos aquel verano.

Y juntos renunciamos a la vela, al mar abierto. A correr y al tenis. Pero al esquí no, eso no podía quedar atrás, era un precio demasiado alto y no se lo íbamos a pagar a la vida. Y la bicicleta tampoco, hay cosas que no se pueden evitar. Hay amores que nunca mueren.

He abusado de tu fortaleza, lo sé. He intentado gestionar tus fuerzas lo mejor que he podido, lo mejor que he sabido. Sé que te subí a Lillehammer, y me defendiste a capa y espada, y vencimos. Sé que te metí en la Titan, y en medio del desierto también diste la talla, y volvimos a vencer. Y con cada subida en bici desafiábamos a la gravedad, y con cada bajada esquiando la disfrutábamos. Porque a ti también te han gustado las aventuras, no puedes mentirme. Sonríes cuando vienen curvas, aunque sientas los años que se cobran la comodidad,  la frescura. Ahora ya necesitamos el viscoelástico, no es sólo una preferencia. Pero tú sabes que por dentro siempre seremos aquellos jovenzuelos que aprendían a andar… de nuevo.

Suerte que tuvimos al encontrar sustitutas de metal, a saber qué habríamos hecho solos tú y yo. Las muletas se habrían cargado nuestros hombros. Pero el cuerpo está hecho para andar sobre dos piernas -de las de verdad-, y eso también nos ha pasado factura a ti, a mí y a nuestra querida espalda. Aun así, no se lo permitiremos, el tiempo no tiene permiso para hacer lo que quiera, nunca se lo hemos dado. Y seguiremos.

Seguiremos esquiando a nuestras anchas, o con el ancho que nos dé el cansancio. Tomaremos caldito caliente y pararemos con frecuencia, todo por un buen día en las pistas. Con pesar nos tuvimos que despedir de la bicicleta, pero nadar también nos ha gustado. Seguiremos en ello, pues. La adaptación siempre se nos dio bien.

Y aunque llegue el temporal, y aunque nos hagamos mayores. Aunque cada vez cueste más, seguiremos ganando. Porque eso es lo que hemos hecho, formar equipo y ganar. Y volveremos a los Alpes, y los conquistaremos. Y renovaremos esquí, stabilos, anorak o casco, pero nosotros seguiremos siendo los mismos. Porque ¿qué haría yo sin ti, rodilla mía? Y ¿qué habrías hecho tú sin mí? Y por eso te pido que aguantes un poco más, mantente firme. Que la bajada ya acaba, que sólo quedan un par de curvas. Seguiremos venciendo a las circunstancias, porque de eso sí sabemos. Es lo que somos, es lo que hacemos.”



sábado, 24 de diciembre de 2016

Carta a SSMM los Reyes Magos de Oriente

Queridos lectores… Feliz Navidad! Ha pasado otro año, y qué rápido ha sido esta vez.

Ya he preparado mi carta a los Reyes Magos. Ya sabéis que si no se les escribe una carta, puede que olviden pasar por casa. También voy a dejar mi zapatilla y algo de turrón, los pobres deben acabar exhaustos en una de las grandes noches del año.

"Muy queridos Reyes Magos de Oriente:

Este año me he esforzado por ser buena. He tenido poco tiempo para escribir en el blog, por lo que sospecho que me habrán reservado ustedes algo de carbón. Aun así, espero que por los otros asuntos que han salido mejor, me puedan traer los siguientes regalos.

Me gustaría pedir Salud. No por que no la tenga, o tema su pronta pérdida, sino porque me he dado cuenta de que la Salud es como la nieve en invierno, el olor a flores en primavera o el aire mientras dormimos. Sólo nos damos cuenta cuando no está. Nunca la había pedido antes, pero tras esta reflexión me he decidido a ponerla en la Carta de este año. Sé que va muy buscada y pedida… Espero que puedan reservar una parte para mí.

También querría pedir cables. Cables de corriente continua para echarlos a todas las personas que tienen algún problema serio y no saben cómo resolverlo, o no tienen fuerzas para hacerlo. Y por qué no, también cableados sencillos para los problemillas pequeños. Aquellos que en realidad no entran en el criterio de lo “importante”, pero que inevitablemente nos importan. Es imprescindible que sean de corriente continua porque la ayuda debería ser paulatina, ir llegando sin interrupción ni cambios de sentido.

En mi Carta no podría faltar blanqueador dental. Tiene pinta de que habrá muchas, muchísimas sonrisas en 2017. Estarán repartidas por todo el globo, en las ciudades, en las playas y montañas. Se repetirán y volverán a repetirse. Las habrá abiertas, preciosas. Otras serán tímidas, apenas apreciables. Traigan el blanqueador a granel para las carcajadas, y en pequeñas dosis para las sonrisas más introvertidas. Todas, todas merecen ser extraordinarias; de ahí mi petición.

Me gustaría pedir un par de millones de brazos, para aquellos que con el sistema eléctrico que he mencionado no tengan suficiente. Deben ser musculosos, consistentes, para abrazar y consolar a cualquiera, incluso al más fuerte. Deben ir emparejados para formar el abrazo perfecto, con hombros impermeables para las lágrimas, y textura suave para calmarlo todo.

También querría pares de alas. Obviamente deben ir de dos en dos. Alas blancas de piel de conejo, invisibles a la mirada pero perceptibles al tacto. Con aroma a rosas recién cogidas, de las que tienen aquel color burdeos profundo y no encuentra uno cada día. Alas de ángel para todas aquellas personas que siempre ayudan, que están pendientes de cada detalle. Los que están en todo sin que nadie lo sepa, los que se preocupan por que todo salga bien, desde el discreto ángulo de la humildad. Para ellos alas de ángel, así podrán emprender un vuelo divertido y agradable cuando les apetezca.

No piensen que quiero ser abusona, ya mi Carta se acaba. Lo último que les quería pedir es que se concedan un capricho. Un regalo para sí. Todo el año observándonos, apuntando. Preparando el siguiente 6 de enero. Desde aquella primera Epifanía concediendo deseos, trayendo regalos. Contactando con proveedores, encontrando los juguetes más buscados, los regalos más complicados, los detalles más concretos. Todo para nosotros, y aquí yo sin poder darles las gracias. De modo que con su inevitable obediencia, tendrán que hacerme caso. Y concederse algo para su uso personal. Y así yo me quedaré contenta, tranquila. Agradecida y feliz. Y ustedes, siempre complacientes, siempre generosos… Seguirán viniendo cada año y nosotros, desde aquí, les amaremos.

Atentamente, 


Belén "


miércoles, 20 de julio de 2016

Paz (II)

Hola a todos, ¡siento la larga temporada sin escribir! Mil proyectos están haciendo que sea difícil encontrar ratos para dedicarme al blog, pero no os preocupéis, no os abandonaré. ¡A ver si logro cumplir con lo de “Al pot petit, la bona confitura”!

Lamento volver a escribir sobre la paz. Será que la encuentro interesante, o necesaria, o básica. O todas ellas.

Contradictoria. Incomprensible como la paz aparece en las peores situaciones, o puede desaparecer en las mejores, si uno no tiene su llave. Tremendo, actúa como y cuando quiere, si uno no la domina. Si no la controla, si no la posee. Si uno no tiene un As de paz en la manga, la situación se le tuerce cuando el azar así lo dicta. Cuando él quiere, a placer, a rabia.

Inmensa. La paz puede llegar a dominar a uno. La paz le atorga la capacidad de afrontar su peor pesadilla, un monstruo en el armario. Y vencerle cada noche, y dormir tranquilo. Y sin paz, no importa que no haya monstruo. Igual atormentará su hipotética presencia. Lo de menos es lo que haya el armario. Sin paz, incluso el aire torna en bestia.

Estable. La paz concede una de las cosas más anheladas por el hombre. La seguridad, aquello fiable. Aquello en lo que depositamos nuestro peso vital. Sin paz, jamás apoyaremos la carga del todo. La tranquilidad de ser consciente de que aquello troncal nunca fallará, sí, la paz la concede. Y el que la conoce y la domina lo sabe y, es más, cuenta con ello. Y ¿con qué cuenta el que no tiene paz? Con un péndulo sujeto al viento, a las patas de la mesa, al ruiseñor que lo golpea.

Paz es poder. Cualquier examen, cualquier dificultad, menguan si se enfrentan a alguien que tiene paz. La paz es el David que venció al más grande, al más fuerte. Y sí, hay problemas mayores que nosotros. “Nos superan en número y armamento”, diría aquel General. Y con una piedra… Con una piedra de paz bien lanzada, ya está ganada la batalla.

Paz es consejo, templanza. Saber decidir, o al menos no tener miedo a ello. Ir a por todas, o a por nada, pero a por algo en concreto, sabiendo a por lo que se va. Paz es resiliencia. Nada turba al pacífico. Nada le espanta. Y esas palabras no son mías.

Seguramente estaréis pensando que escribo esto por todas las personas que han finalizado los cursos académicos, o están apurando la temporada de trabajo cansados, antes de las vacaciones. Puede que algo tenga que ver, no os lo negaré. Pero la paz no entiende de estaciones, de días, de momentos. O está o no está, precisamente cuando se la necesita es cuando cuesta encontrar su llave. Pero su llave, eso sí que siempre está. Y además, está al alcance de todos, estoy radicalmente convencida de ello.




jueves, 15 de octubre de 2015

Paz.

Son muchos los que han escrito sobre los motivos por los que surgen la crisis. Otros tantos sobre los que las solucionan. He decidido sumarme a ese conjunto de generosos opinantes que nos deleitan con sus visiones, pero en mi caso, de un modo un tanto más abierto. Voy a generalizar con cualquier crisis que pueda ensombrecer toda situación, sea banal o trascendental. Yo creo que uno de los factores principales es la paz, o la ausencia de ella.

¿Paz? La paz no es solamente el estado opuesto a una guerra sangrienta, plagada de armas de fuego y conflictos políticos. Su falta ni siquiera necesita manifestarse exteriormente. La paz a la que me refiero es aquella que caracteriza al que vive con templanza, que empapa su interior.

Me gusta ver a las personas como pequeños núcleos pensantes que se mueven por la ciudad, entrecruzando sus vidas. Dentro de cada núcleo, hay dos enfoques posibles que pueden darse ante un problema. El sereno ordenará su mente con el nuevo estado de “conflicto” implementado en ella, sin que eso le turbe. No perderá la paz, sino que la utilizará para buscar una solución. No por ello dejando de ser ambicioso, al contrario; antes habrá intentado de diez maneras distintas llegar al éxito, que lo que el atolondrado habrá tardado en ordenar su caos interior. El que va con prisas, el que no disfruta… Aquel verá en cada amanecer una nueva amenaza a su delicada pseudo-calma. Va a emplear tanto tiempo en desenredar su agobio, que el problema se le habrá comido antes de llegar al prefacio de su primera solución.

Y si no tienes paz, ¿qué vas a hacer? Piensas que el que la tiene carece de inquietudes, pero no hay relación alguna. Eres tú, falto de paz, el que caerá en una crisis tras otra si no logras encontrar el sosiego que enfriará tu cabeza. Y si, en cambio, eres aquel que tiene quietud interior, serás capaz de ver el problema desde todas sus perspectivas, y lo resolverás en cónica, o en caballera.


¿Qué nos ha pasado? En este siglo hemos perdido la paz, todo nos perturba. Seis segundos que se retrasa el de delante al ponerse verde el semáforo, y ya me estoy quedando sin claxon. No pensamos, procesamos. El bloqueo generalizado cuando una situación no sigue el patrón nos priva de tantas cosas… De reírnos con la canción, porque el semáforo ya vuelve a estar rojo. Y el ordenador ha vuelto a engancharse, pero la solución está en el diagrama que ahora dibujaré con un lápiz. Y la cónica no resolvía el ejercicio… Pero la axonométrica te regaló el sobresaliente.

lunes, 10 de agosto de 2015

Por qué me da miedo el mar

¡Qué verano! Disculpad la tardanza para escribir en el blog, ando haciendo mil cosas. Espero que estéis pasando un solsticio de 10, y por si tenéis algún ratito libre, aquí estoy.

Ahora que es temporada de playa y agua, mucha gente me pregunta por qué soy reacia a bañarme en el mar. Y es que quienes me conocen bien saben que me da un pánico tremendo, ahí va la manera en que mejor he sabido plasmar la explicación.

En una calle oscura, en el bosque o en una habitación sin luz, uno puede tener miedo, pero siempre cuenta con una certeza: hay algo que puede considerar fijo. Cuando tocamos la tierra con algún miembro, tenemos fijada una referencia que, diría yo, ordena nuestra cabeza. Si uno se adentra en el mar, en cambio, pierde ese contacto con la mamá en la que ha vivido tantos años. Sabe lo que es vertical y horizontal, pero me parece a mí que la mente no está ya tan cómoda. Eso en primer lugar.

Por otra parte, pienso que quien inventó la Tierra tenía una base de criaturas que fue repartiendo por todas partes. Hizo sus cálculos y obtuvo una masa de agua necesaria para mantener el equilibrio global de ‘x’ kilos, y los llamó “Mar”. Creo que en cuanto tuvo distribuidas todas las bestias, las bonitas y las feas, que podían desplazarse y vivir de una manera normal por la tierra, le sobró un conjunto raro que no sabía dónde meter. Pero seguro que, ya que las había inventado, le hacía ilusión aprovecharlas para que también vivieran en su planetita, aunque fueran peligrosas y muy pocas de ellas se vieran bellas. Había que esconderlas, pero al mismo tiempo ponerlas en alguna parte. Pienso yo que ahí fue cuando Dios tiñó el mar de azul y metió todo lo que le sobraba ahí debajo. Lo levantó como una alfombra y ale, para dentro! Me perdonaréis, pero esto tiene toda la pinta de ser así. Y como eran tan raras e inmundas, tuvo que gastar toda la sal de su despensa para que pudieran vivir. ¿Véis? Ya de entrada unas criaturas un tanto liantes.

A eso hay que añadirle que estos animales, a los que no estamos tan acostumbrados, aprovechan la incertidumbre que uno encuentra en el mar y la pueden usar como ventaja. Que no, que las medusas no tienen ojos. ¡Miedo me da que los tuvieran! Y las olas… Prueba de que no hay paz ahí abajo, en un universo que debe estar siempre agitado.

Que no, que no, que yo ahí no me meto. Me dicen que es tontería lo que pienso, pero yo no lo veo tan alocado. Es entrar más hondo de las rodillas y ya un toc-toc interior me indica la salida. La expresión catalana que acierta del todo es un “cames ajudeu-me” hacia la orilla (algo así como “piernas ayudadme”). Media vuelta y a correr, en ocasiones contadas me baño entera cada verano. Ni siquiera de las aguas transparentes de Costa Esmeralda me llegué a fiar del todo. Sé que lo veréis exagerado.


Ahora que me he sentado a escribir el respeto que le tengo al océano, espero que lo podáis entender mejor. Sé que es complicado creer que me guste tanto la playa y tan poco el mar, pero qué voy a hacerle yo. No fue diseñado por mí, y seguro que era la única solución. Pero yo creo que ahí abajo hay más misterios de los que alcanza a cubrir mi serenidad.



jueves, 23 de abril de 2015

Sant Jordi 2015

Feliç dia de Sant Jordi! Moltes roses ja deuen estar entregades, i molts llibres regalats. Amb tot, us deixo el relat amb el que vaig guanyar l'any passat el XXVIè Certamen Literari de la meva universitat. Espero que us agradi! 

Aquell 23 d’abril

Em van dir que va ser un enfrontament èpic, que ho va donar tot i més. Que es podria considerar llegendari, una lluita singular. Però jo no hi vaig ser... I això no m’ho podré perdonar.

Jo mai no el vaig estimar com ell es mereixia, bé que ho sé. Hauríem pogur dur una vida en equilibri, sense necessitat de viatjar contínuament, sí és cert que ens estimàvem. Però jo preferia els Alps, ell sempre entusiasmat amb Montserrat. No vaig voler renunciar a l’acollidora Suïssa, i ell no va ser capaç de seguir-me.

Aquella serralada catalana l’atreia d’una manera especial, potser per allò de que els àngels la serraren. Sempre vaig estar una mica gelosa d’aquella moreneta, jo sé que Montserrat va ser el seu palau. I custodiat pel meu amor ho hauria pogut tenir tot, no hi ha dia en què no me’n penedeixi. Però aquell paradís tenia els seus defectes, suposo que no es pot tenir tot. Si bé tanta muntanya el protegia i era la seva llar, també allunyava els habitants. Un bon drac no pot passar gana, el meu amor moria de fam. Algun escolanet de tant en tant, però menjar-se els angelets que cantaven per Maria li semblava un crim. I amb el cor encongit va plegar, va arrencar el vol i es va acomiadar d’aquell lloc que li va robar la llum dels ulls, la màgia dels somriures. Sense mirar enrere va anar a parar al que seria la seva perdició. Les muntanyes de Prades el cobrien millor que els boscos de Molnàs, tot i que això de ser a prop de la platja no li desagradava. Va prioritzar al final i es va decidir per la Conca de Barberà, allà de ben segur que no mancaria l’aliment.

Els seus dies van passar a ser tristos, moria lentament. M’anava fent visites als Alps, jo el veia empitjorar. Però ell no estava fet per l’alta muntanya, no nego que fins i tot a mi em va ser dur. Ell ni s’ho plantejava, abans hauria mort mil vegades de nostàlgia. M’anava explicant les seves anades fugaces al paradís del seu cor, amb llàgrimes als ulls em descrivia un i cent cops Montserrat. Però a mi també m’estimava, jo ho sé bé. Tant és així que va arribar el dia que em va fer la promesa que acabaria amb la seva vida, em volia fer un regal. Una mostra d’amor, què en som d’empírics els dracs. Cada mes em vindria a veure i em duria una presa del lloc on vivia, va insistir en que acceptés. Jo, vanidosa, em vaig deixar estimar. I així va començar la rutina.

Sempre havia sigut complidor, apareixia puntual el dia 25 per la vall de Gstaad. Arribava cansat, passàvem junts un matí tranquil i dinàvem. Abans que el cel es tornés rosat, marxava altre cop. Mai em van ser fàcils les postes de sol veient com la seva figura empetitia a l’horitzó, amb força movia les ales pel dia i mig que tenia de camí a Montblanc. Mesos, anys vam passar així, fins que va succeir. Encara se m’entel·la la vista quan ho explico.

Vaig sentir a dir que les preses les triava a l’atzar, sembla ser que un dia li va tocar a una princesa. El monarca, compungit, va buscar algú que la salvés, malaurat el moment que l’estimat de la filla la va anar a rescatar. No només era coratge, també era amor el que guiava aquell cavaller. I sense pietat va anar a buscar el meu Bruc, el meu estimat. Però ja no tenia setanta anys, va lluitar com va poder i no va ser prou. Em van dir que va ser un cop sec, que no va patir. Però jo encara ploro aquí, als monts escarpats de Suïssa.

I si sapiguessis, amor meu, que a mi no m’importava si era princesa o plebea. Que hauria sigut feliç de llevar-me cada matí amb tu, allà on fos, on tu vulguessis, amor. Si et pugués dir que et ploro dia rere dia, que aquella tarda d’abril no hi va haver cap victòria, va ser el dia en què vaig començar a morir per dintre. Que jo sé que la rosa era per mi, que ens la van robar. Que la duies encongida al pit per l’amor que mai vaig ser capaç de professar-te. Ens ho va robar tot i es va endur el mèrit, oh, Jordi desgraciat. I si puguéssis saber, Bruc meu, que el penediment em consumeix, la meva existència és miserable. Perdona’m. I tingues clar que et venjaré, amor. Que encara busco aquell Sant Jordi que va fer història... Aquell 23 d’abril.







Belén Llátser Nieto







miércoles, 15 de abril de 2015

El lector

Hoy os voy a compartir algo con lo que especulo a veces respecto a las personas a las que voy conociendo. No os mentiré; es bastante curioso. Pero es divertido al mismo tiempo. Me gusta pensar en cómo sería la persona que pudiera leer la mente de los demás.

Cuando tengo delante a alguien que, por algún motivo, me llama la atención, le aplico mi hipótesis e intento contrastarla. Voy a poner varios ejemplos de mis casos más significativos.

La primera persona con la que tuve esta idea fue alguien célebre, un famoso actor. Pensé en cómo habría podido utilizar su don para llegar a ser conocido y –no lo neguemos- inmensamente rico. Poseer todo aquello que alguien exclusivamente terrenal desearía. Acabé descartando mi hipótesis porque, si alguien tuviera la capacidad de leer los pensamientos, no sería tan vacío de corazón. Sería mucho más sabio, en la mente de la gente se esconden muchísimos conocimientos. Y el mínimamente sabio exigiría algo más de su existencia.

Estaba cursando el bachillerato cuando eso ocurrió, de modo que el rebote de “posible lector de mentes” cayó sobre Platón. ¿Y si el susodicho debía sus cavilaciones a este don, que obviamente habría ocultado toda su vida? Era una posibilidad, y tras cada clase se me antojaba más probable. Era un hombre sabio, parte de sus conocimientos podrían deberse a saber lo que pensaban quienes le rodeaban. Y si éstos eran sabios también… Alguien inteligente como él pudo llegar a absorber gran cantidad de información y magnificarla. El problema llegó cuando me di cuenta de la incoherencia de mi hipótesis: alguien tan propenso a estudiar el funcionamiento de la mente humana… Se habría vuelto totalmente loco con miles de voces en su cerebro revelándole teorías cada instante. Su cabeza simplemente habría explotado… Y eso supongo que alguien me lo habría contado.


Ello me llevó a pensar que la persona que tuviera ese don sería de ciencias. Alguien para quien la filosofía sólo estuviera relacionada con esta capacidad especial, pero no con su trabajo, pues ya en su día a día tendría suficiente dosis de “humanidad”. Tiempo después del chasco platoniano, ya en la universidad, un día pasé la clase de electrotecnia mirando con atención a aquel profesor que me recordaba a mi abuelo. Había nacido para ser ingeniero, amaba cada palabra que decía y cada minuto que trabajaba. Su tiempo dedicado a la docencia, una vida tranquila en una bonita ciudad de la península. ¿Y si fuera él? Puede que el leer mentes le hubiera ayudado, quién sabe, en algún examencillo camino a su vocación docente. Es obvio que uno no se hace catedrático de la nada, pero ya entenderéis que todo puede echar una mano. Su manera de mirar a los alumnos… ¿Y si ya supiera nuestro grado de conocimiento antes de ponernos a prueba? Sus clases tranquilas, la conexión de temas en su cabeza, alguna risa que se le escapaba sin motivo… Todo cuadraba.

Aún no he podido descartar mi hipótesis sobre el profesor de electrotecnia, sigo sin pruebas para hacerlo, pero tampoco la puedo afirmar. Y probablemente, si me ha leído el pensamiento esta mañana en clase… Ya no me deje pillarle nunca.