viernes, 13 de diciembre de 2024
Nuvole Bianche
lunes, 18 de septiembre de 2023
Demasiado pronto.
Arranco estas líneas con el corazón encogido. Se me acumulaban desde hace ya tiempo, aunque una intente posponerlo. Ahora, ya desbordantes, salen a la luz. Es su momento, y no sé en qué momento ha ocurrido.
Recuerdo cuando tuvimos nuestra primera conversación seria, la primera
entre hermanos de igual a igual, sin hablarte como a un niño. Pero aquel día
aun no te vi como a un hombre. Era pronto.
Recuerdo las risas con los primeros atisbos de tu barba. Pero no recuerdo
cómo tu rostro adquirió facciones más marcadas, de ese proceso no fui
consciente. Sólo lo vi claramente, en una foto, cuando ya casi eras un hombre…
Pero todavía no; era pronto.
Recuerdo cómo nos pareció que tu afición al deporte cada vez era menos
infantil, luego menos adolescente, y al final, menos amateur. Recuerdo la
impresión de papá el primer día que fuiste tú el que apretaba el ritmo esquiando,
o en bicicleta.
Recuerdo la primera pista que bajaste como si nada, pero con todo. Eras
pequeñito para considerarte un hombre, o eso pensé. Pensé que era pronto.
Recuerdo las lágrimas de mamá en tu último día de colegio. Pero no le dimos
importancia, la euforia, la fiesta. Sólo mamá sabía lo que pasaba, lo que
estaba pasando y quedaría atrás.
Recuerdo las noches de inquietud que tuve cuando te incorporaste en la
universidad, en esa carrera tan difícil que sólo tú podías convertir en fácil.
Como aquella pista, la que me pareció que volaba un niño.
Recuerdo verte salir de fiesta y disfrutar con tus amigos, y pensar que te
veía más joven que cuando nosotras lo hacíamos. No podía ser… Era demasiado pronto.
Recuerdo tu madurez en aquellas entrevistas para incorporarte en este proyecto,
uno de tus grandes proyectos. La impresión de verte serio, interesado en algo
importante para ti. Tu alegría al conseguirlo. Nuestra alegría con nuestro
chico, que no niño… pero tampoco hombre todavía.
Recuerdo tu responsabilidad para con tu equipo, tus días de trabajo, tus
noches en vela. Tus viajes con amigos, tus escapadas, ya al volante. Tu
cochecito, y luego tu coche. Y todos tus “tu”, que se iban haciendo adultos,
menos tú, que eras nuestro niño, nuestro pequeño David. Aún pequeño, porque
para no serlo, parecía pronto.
Y ahora, que recuerdo todo esto y más, me siento una estúpida por no
recordar en qué momento te has hecho un hombre.
Ahora ya no están esos rizos rubios, esos mofletes que nos perseguían para
jugar, ese niño pequeñito al que había que llevar en coche, ese aprendiz de
esquiador, ese uniforme en miniatura, esos amiguitos con cara ingenua, ese
perseguidor de Rayo McQueen, ese hermanito al que había que proteger.
En su lugar hay un hombre, de mirada madura e ideas arraigadas. De valores
claros, decisiones firmes y ambición constante. Un Hermano, uno con mayúsculas,
un cuñado, un tío. Con sueños tangibles que perseguir, y energía sobrante para
perseguirlos. Con tu autonomía, con tus amigos, tu libertad y tu vida.
Ahora ya no es pronto para empezar a considerarte un hombre. Ahora es, de
hecho, demasiado tarde. Porque no recuerdo en qué punto exacto ha ocurrido, ni
por qué tengo la impresión de que ha sido tan rápido, ni en qué momento te
comencé a admirar. Ni si pestañeé un segundo y ocurrió, ni cuantísimo te echaré
de menos ahora que te vas a seguir – y a conseguir - tus sueños. Esos sueños de
hombre, que un día, un niño soñó.
viernes, 18 de febrero de 2022
Otra perspectiva
Era esperable que este momento llegaría; estando de siete meses una no debería esquiar. De modo que me he dispuesto a tomar el plan que durante años he denominado “dominguero”. He descubierto una nueva versión de la nieve y sus intríngulis, como diría mi madre.
Para empezar, he arrancado el día desayunando como si fuera a esquiar. Lo que viene siendo arrasar en el buffet de toda la vida, vamos. Pero ahora que estoy aquí sentada a las 11 de la mañana, me doy cuenta de lo rápido que se quemaban los desayunos contundentes cuando movía los músculos. Incluso los días tranquilos, los de no-reventarse. Creo que el último cruasán realmente no me hacía falta.
Estando en la cafetería de Candanchú me he fijado que hay unas pocas personas que han traído su libro y también piensan pasar una mañana tranquila. Pocas veces había visto una terraza en las pistas tan vacía, con un día soleado.
Qué día, qué sol. Hace frío y la nieve aguanta perfecta, sólo con oír el ruido de los esquiadores al pisarla se nota. Me fijo en que hay más gente de la que pensaba vestida “de calle”. Yo, en mi ilusión, le pedí prestado un traje grande de esquí a mis padres. Aquél que mi madre llevó embarazada de mi hermano… pero que yo he preferido usar a lo “light”. La verdad es que me he vestido así por hacer ambientillo; esto es lo más cerca de esquiar que voy a estar esta temporada. Pero hay gente que viene aquí con vaqueros y piezas de abrigo normales, me pregunto si no tendrán frío viniendo así en un día menos soleado o con viento.
Una mujer pasea unos galgos preciosos, yo pensaba que estos perros eran muy sensibles al frío. Pero se les ve felices, y la señora en medio de la explanada principal de las pistas. No tiene miedo a que la atropellen, no sé por qué, mi cabeza atribuye esa zona a llevar un par de esquís puestos. Y además atribuyo otras razas de perro a la nieve, uno siempre piensa en huskies.
Las pistas parecen más empinadas desde aquí, las azulitas de principiantes dan más sensación de velocidad que cuando uno está allí arriba. Y en cambio el tele-arrastre parece lo más lento y parsimonioso de la historia.
Veo a más esquiadores en solitario de los que recordaba cuando yo esquío. Me cuesta un poco de comprender; en mi familia siempre hemos entendido el esquí como un plan “integral”, en pack. Con familia o amigos, siempre juntos, porque no es un deporte solamente, es un día todos juntos. Podría contar con los dedos de una mano las pistas que he bajado sola en mi vida. Pero supongo que todo puede verse desde otra perspectiva.
Todo ello animado por una música altísima que suena aquí, en la terraza de la cafetería. Le da un toque casi a anuncio de cerveza o trailer de película de amigos. Le dan a uno ganas de bailar.
Y mientras Queen se deja la piel para animarme esta mañana de esquí-sin-esquí, os dejo. Voy a buscar a mi Mister y a los amigos; a ver si les pillo una foto de las buenas hoy que lo tengo fácil. No hay mal que por bien no venga, y más al pensar que la temporada que viene nos sabrá a Gloria… a Gloria y a potitos, porque vendremos más y mejor acompañados!
sábado, 11 de diciembre de 2021
El tamborilero
El camino que lleva a
Belén… Baja hasta el valle que la nieve cubrió. Qué frío, qué frío tan tremendo
y húmedo y yo no tenía calzado apropiado. Papá me lo ofreció, pero pensé que mi
hermanito lo necesitaría más; por un momentito me arrepentí, qué cosas. Cómo
deben sentirse unos zapatos calentitos, forraditos de piel de oveja. Pero las
ovejas son para el negocio familiar, nada de consumo propio. Así que sin apenas
pensarlo me fui camino a Belén por la nieve, con lo puesto. Qué noche tan
cortante, desagradable. A medio camino mis pies ya estaban empapados, pero me
daba igual. No había un minuto que perder.
Dice la canción que los
pastorcillos le llevaban regalos en su humilde zurrón. Pero humilde es un
término relativo… Yo no tengo ni zurrón. Sólo tengo mi tambor, mi tesoro. Y en
realidad ni siquiera es mío, es del tío Paco. Yo creo que el tío me ve
practicar tan feliz, tan concentrado, que nunca me lo pide de vuelta.
Yo quisiera poner a tus
pies… Algún presente que te agrade, Señor. Pero qué pobre soy, qué hambre paso
yo también. Y qué daría por haber tenido comida hoy, si la hubiera tenido, te
la habría traído. Pero no tengo presentes, ni zapatos. No tengo zurrón ni
comida, sólo tengo mi noble tambor.
Y llegando al portal lo
oí, el tumulto, la sorpresa. Parece ser que incluso había tres grandes Reyes de
camino, un espectáculo. Todos los pastores de los alrededores habían acudido,
todos ofrecían algo al niño Jesús. Y yo no tenía nada para Ti, no tenía
bolsillos ni su contenido, sólo traje mi pequeño tambor.
Así que, en tu honor,
frente al portal lo toqué. Y me esmeré, toqué todo mi repertorio. Y mis manitas
se helaron, y mis pies ya ni los notaba. Mi torso se mantenía caliente por el
esfuerzo, erguido, como me enseñó mamá. Y tu Mamá, qué guapa era. También para
ella toqué, para sus ojos de azúcar y bondad. Y para el señor elegante que te
protegía, e incluso para el buey y la mula, y para los demás pastores. Toqué hasta
pasada la medianoche, hasta que la nieve me cubrió las rodillas y papá me vino
a buscar. Y fui feliz porque te lo regalé todo. Todo lo que tenía, mi único
lujo, mi música.
Y quizás haya quien
piense que estoy loco, que soy un exagerado. Que no debí dejar que mis manitas
se helaran, que mis rodillas chirriaran, todo por que mi tambor resonara. Pero
no sabéis, la vida bien me lo compensó. Porque cuando Dios me vio tocando ante
Él… Me sonrió.
sábado, 17 de octubre de 2020
Papá Halcón
Me he dado cuenta de que
describir a mamá cisne fue complicado, pero buscar un contexto para explicaros
a papá halcón aún lo ha sido más. He llegado a la conclusión de que no se puede
unificar lo que un padre representa, es una idea divergente.
Papá halcón es un cocktail
exquisito, un ensamble perfecto. En él, la figura suave y cariñosa se diluye
con la del cazador silencioso. Papá tampoco es un halcón porque sea el único
que sobrevuela el cielo, pero es cierto que cuando pensamos en el halcón
imaginamos uno solo, es el halcón, el master and commander de su
territorio.
Papá halcón domina su
jurisdicción con presencia y también con sigilo. Parecían inmisciscibles, pero
papá halcón las combina. Recorre el cielo con su mirada de cazador, pero nunca
perdiendo de vista el Lago. Pobre de aquel que ose perturbar su hogar, pobre
del acechante que amenace a mamá cisne o a los polluelos. Toda la discreción,
toda la calma… Tornarán en un vuelo en picado que acabará con el agresor, da
igual si es conejo o león.
Porque papá tiene el corazón
puesto en el Lago, en sus cisnes. Es su alfa y su omega; su motivo para volar.
Papá halcón es el único que logra fundir su tiempo en el cielo y en el Lago,
sólo con su mirada podría hacerse tal cosa. Tiene esos ojos oscuros,
misteriosos. No sabes bien a donde está mirando, ese es su secreto. Y ve todo y
oye, y practicas en tus lecciones de caza a mirar como papá, pero a ti siempre
se te escapan cosas. Las cosas pequeñitas que sólo ven los ojos de papá.
Papá halcón vuela alto, a veces
se le ve hasta pequeñito ahí arriba. Quieres ser como él, pero no logras volar a
esa altura, tienes frío. Las plumas de papá halcón son duras como el hielo, dan
ese aspecto de poderío. Pero cuando está en el nido, las tocas y son blanditas;
en el fondo papá halcón es un peluche. Pero eso sólo lo sabe mamá.
Parece impensable, pero sí, tiene
las plumas suaves, sus abrazos saben a guerra de almohadas. Él es el único
capaz de convencer al mundo de que los bombones que siempre sobran son
-casualmente- sus favoritos. Te recoge a la salida del coro durante años con tu
canción, la que cantas a todo pulmón de vuelta a casa por el bosque. Y sólo
después de años saldrás de otro coro, en otro bosque, en otro lago, y te darás
cuenta de que casualmente papá siempre preparaba esa canción para ti. Siempre
con ese sigilo, con esa discreción.
Papá halcón es el más musculoso,
incluso tus amigos le tienen envidia. Y entrenas y te preparas, pero nunca
logras su forma, se te antoja inalcanzable. Con ella papá halcón consigue las
presas más difíciles, las más carnosas. Pero sus músculos se vuelven suaves al
bailar, sólo él logra seguir a mamá y danzar como un cisne… siendo un halcón. Y
casi parece que bajo la luna sus plumas se vean algo plateadas. Mientras intentas
discernirlo, te das cuenta de que sólo papá halcón puede vigilar el valle y
bailar en el Lago.
Viendo a papá halcón uno se
siente torpe, hasta atrofiado. Incluso cuando ya te crees mayor, independiente y
poderoso. Incluso entonces papá halcón acude en tu ayuda, ¿no lo entiendes? No
dejará jamás de hacerlo, es su cometido, nació por y para él. Aunque tus alas
sean fuertes, aunque sea tu momento. Quien tuvo, retuvo, y papá halcón no sólo
tiene fuerza bruta, tiene esa habilidad. Esa manera de recordarte que nunca
dejarás de necesitarle.
Intentas practicarla, intentas estar pendiente de todas esas cosas a la vez, pero no te sale bien, te agobias. O vigilas o bailas, es imposible asumirlo todo. Sólo te queda soñar que quizás, cuando te conviertas en papá halcón para alguien, despertará ese don en ti. Con el mismo toque dulce, el sabor a tocinillo de cielo.


