miércoles, 24 de junio de 2026

Una mariposa en un tren

 

Hoy había una mariposa en el tren.

Para unos puede parecer un engorro, una pobre criaturita molestando sin querer a los pasajeros del tren. Gente ocupada, siempre mirando el teléfono, siempre seria, pocas veces con la mirada feliz. Pocas veces mirando el paisaje, mirando hacia arriba. Y esa mariposa, encima, molestando.

Para otros puede parecer romántico. En teoría es un bicho, un ente de los que deberíamos catalogar feos, desagradables. Prescindibles. Pero las mariposas tienen esa venia, esa belleza. Ese aleteo que sostienen, pero que no es constante. Parece incluso algo torpe. Pero bonito, al fin y al cabo.

Si uno es afortunado, en lo fugaz del cruce de una mariposa, puede deleitarse en sus colores, en su exclusividad. Son únicas, es complejo encontrar a dos idénticas. En realidad no las hay.

Para algunos la mariposa representa la instantaneidad, lo pasajero. No tienen una vida larga, y aunque la tuvieran, no disfrutaríamos de ella. Probablemente la misma mariposa no pasará por delante tuyo dos veces en tu vida. Y en realidad da igual, porque con una vez basta. Con una es suficiente para admirar su belleza, su ingenuidad.

Probablemente no vivan lo suficiente para aprender de los peligros de la vida. Y ¿qué más da? Se posan en las manos de los niños y se dejan admirar, asumen el riesgo, se dejan querer. Comparten su alegría, su libertad.

Por eso no tiene sentido que haya una mariposa en un tren. Podría uno pensar egoístamente que es el único modo de disfrutar de ella múltiples veces, en el mismo trayecto. Podría uno desear que allí permaneciera, haciéndole compañía, embelleciendo su efímero trayecto. Podría uno plantearse que sería mejor que la mariposa nunca hubiera entrado en el tren, aun con el riesgo de perderse esos minutos únicos, los que le han hecho mirar hacia el Cielo. Podría uno autoengañarse y pensar que ella se quedará en el tren, aun pudiendo escapar.

Pero llega la siguiente parada y, muy evidentemente, la mariposa se irá. Podría uno anhelar lo contrario pero no sería justo. Sería quitarle su libertad, anular su naturaleza. Sería negar que ha disfrutado de ella y su precioso aleteo ya demasiado rato, a demasiado color. Sería seguir admirándola en el tren, y no en el Cielo, donde pertenece.

La realidad es que somos las personas de aquí abajo las que necesitamos el tren para desplazarnos. Ella puede y debe volar libre, infinito. Ella debe dejarnos su recuerdo feliz y nuestra mirada alzada e irse. Ella debe ser mariposa y nosotros seguir en el tren, llegar a nuestro destino. La eternidad sabrá hacernos reencontrar.





Belén Llátser Nieto

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