Yo era un Volkswagen Polo blanco, recién salido de fábrica, que un señor compró en la feria del automóvil. No estaba seguro de si le daría buen uso, pues empezaba a hacerse mayor. Pero necesitaba algo de movilidad para ir a la ciudad a hacer recados, y para ir a la playa en primavera.
Me disfrutó mucho, me cuidó con
cariño. Su señora rara vez me conducía, ella no estaba cómoda al volante. Él vigiló
durante esos diez años mi nivel de aceite, mis ruedas y mis revisiones en un
pequeño taller a las afueras de la ciudad. Nunca me faltó de nada… Hasta que se
hizo muy mayor. Al final ya casi nunca salíamos, me empecé a aburrir un
poco. Me preocupaba deteriorarme por desuso. Aunque su hijo de vez en cuando me
sacaba, y siempre me mantuvo en buen estado.
Finalmente el día llegó. Oí cómo
le comentaba al dueño del taller la posibilidad de ponerme en venta. El señor
le dijo que era un buen coche, que seguro que lo podrían vender. Me despedí de
aquellos abuelitos, y me quedé esperando a que alguien me viera con buenos
ojos. Me pusieron bien guapo, todo limpio y lozano, todo a punto.
Vinieron algunos jóvenes,
preguntaron mi precio. Yo no era muy caro, pero claro, tampoco ofrecía las
versatilidades de un coche todoterreno y deportivo que pueda seguir el ritmo
frenético de solteros excursionistas y viajeros. Tampoco de padres jóvenes con
sus sillitas voluminosas y sus maletas. Sabía que mis futuros dueños llegarían,
y llegaron.
Una pareja relativamente joven pasó
un viernes por delante del taller. Aparcaron en doble fila y entraron a
preguntar por mí. Su hija mayor había cumplido los 18. Al padre le faltaba una
pierna y su parque móvil actual era todo automático, mala idea para cogerle práctica
a la conducción.
El buen hombre del taller les
habló de mí, no les fallaría. Quise gritárselo, de verdad, de verdad ¡no os
fallaré! No hizo falta, me compraron aquel mismo día. Qué feliz fui.
Me llevaron a casa y de sorpresa
le dieron mis llaves a la hija. Menuda fiesta. ¡Esta era la alegría que yo
quería! La hija tenía una hermana dos años menor que seguro que en breves
también me podría conducir. Al hijo pequeño todavía le quedaba, era chiquitín.
Me llevaron con ilusión a dar una
vuelta por su urbanización, jamás podré olvidar la cara de asombro de esas
niñas. Depósito lleno y energía a tope. En nada empecé a ser fiel compañero de aquella
chica. Estudiaba en otra ciudad, pero muchos fines de semana volvía y me usaba para
hacer planes con amigos. De día y de noche, menuda diversión. Era prudente y
jamás me hizo sufrir por la bebida. En aquel hogar había también un coche
familiar azul, muy elegante, y otro Volkswagen, un Golf. También una moto, tan
graciosa. Éramos la familia perfecta.
En un abrir y cerrar de ojos, la
niña de 16 ya tenía 18 y se unió al clan de pequeñas conductoras. Volvían de la
universidad y me compartían con ilusión. También la madre de familia me usaba
ocasionalmente entre semana, si las chicas estaban un período largo sin venir y
no querían que cayera en desuso. Aquella familia era realmente cuidadosa. La
madre me llevaba a revisión y me llenaba el depósito para que las niñas me
tuvieran listo para la marcha.
Incluso al padre sé que le habría
hecho ilusión llevarme. Pero con una pierna, tres pedales somos multitud.
Fueron pasando los años y llegó
la gran noticia: me iba a vivir con las chicas a Barcelona. Empezaba a ser
mayor pero funcionaba a la perfección. La idas y venidas de 100km se me hacían
un poco cuesta arriba, pero lo daba todo. También me divertía. La radio dejó de
funcionar, pero aquellas chicas consiguieron de algún modo sortear ese problema
con un parche tecnológico y seguían cantando al son de mis pequeños altavoces.
Una vez incluso me llevaron a esquiar. Aquello sí que fue mi límite, pero de
verdad que di el do de pecho. Fueron unos años preciosos.
Empecé a notarme mayor, ya tenía
problemas con mi aire acondicionado, así que me devolvieron a Tarragona. Se
llevaron el Golf. Al principio sentí algo de celos, aquel coche era deportivo, potente.
Tenía una ventana en el techo que se me antojaba pura libertad. Pero fue lo
mejor. Realmente no podía mantener aquel ritmo.
No supe muy bien cómo, pero de
repente el pequeño hermanito también cumplió los 18. ¿Cómo había podido ocurrir?
Aquel pitufo tenía barba y un papelito que decía que podía conducir. Volví al
ruedo. Se divertía mucho conmigo y además sabía de coches, me manejaba
realmente bien. Era un chaval divertido y prudente. Pude visitar más pueblos,
porque solía recoger o dejar a sus amigos en casa.
La vida quiso que finalmente el
Golf dejara de funcionar antes que yo… Pobrecito. Me caía bien. Realmente acumuló
una animalada de kilómetros para cubrirnos al coche familiar y a mí. Dio un buen
servicio y fue un gran compañero; le eché de menos, la verdad. Todavía recuerdo
el día que se lo llevaron con la grúa desde dentro de casa. Yo dormía en la
calle, era una imagen que jamás pensé que vería. Eso me hizo empezar a pensar
si ya sería mi hora. Esta buena gente pronto dejaría de necesitar una antigualla
como yo. ¿Me desguazarían pronto? El coche azul me tranquilizaba. Aquel fue un
gran compañero. En cierto modo siento que envejecimos juntos. Conecté más con él que con ese novato verde, deportivo y grandullón que trajeron a casa un martes. Pero qué le vamos a hacer; el relevo generacional.
Los siguientes ITVs me hicieron
sufrir. Era el maldito examen del año y me pasaba un mes sin dormir antes de mi
cita. Finalmente, siempre pasaba.
Y llegó el momento. El chaval
terminó la universidad y se fue del país a estudiar un master. Nada menos que
de Formula 1. Había sido un afortunado de tenerle al volante. Pero ya no era
útil allí. Mi uso caía ahora en picado. Me mantuvieron un tiempo… pero la
realidad era que no me necesitaban.
Cuando ya me temí lo peor, un día
padre e hijo fueron a dar una vuelta juntos. “Oye David, este coche ha sido muy
fiel. Si consigues venderlo, te quedas lo que saques”. Eso era más que un
sueño. Una segunda vida con tres historias era increíble, pero una tercera vida
me quedaba totalmente fuera del radar.
David me puso en venta. Logró
sacar una suma que no me creía ni yo. La inflación hizo su parte supongo, pero
tengo que decir que alimentó mi ego.
Buscó un buen comprador, un
hombre que vivía solo, de unos cuarenta años. Le serviría de utilitario, soy un
coche sencillo, sin complicaciones. Soy fiel.
Marcos me usó bien. Creo que no
me cuidó tanto como mis anteriores dueños, pero no se lo puedo reprochar. Mi
edad era ya considerable, habría sido una imprudencia gastar una fortuna en el
taller tan frecuentemente como yo lo necesitaba. Hice lo que pude y él lo
comprendió. Me tuvo unos tres o cuatro años más, hasta que una mañana ya no
pude despertar. No logré arrancar, lo intenté con todas mis fuerzas, pero algo
fallaba; era algo diferente a cualquier otra vez.
El mecánico vino a visitarme y dio
el veredicto. No merecía la pena arreglarme.
Visualicé mi vida. No podía
quejarme, habría sido del todo injusto. Y aun así, me daba una pena
inexplicable pensar en la idea de un desguace triste y abandonado al sol. Mis
plásticos derritiéndose, mis neumáticos probablemente robados, mi capó oxidado.
Quería llorar.
Y de pronto, el destino me dio mi
última oportunidad. Su sobrina tenía un sitio de eventos decorado al estilo
retro. Mi tamaño parecía ser el ideal para colocar al alcance de los invitados.
La sensación de que me quitaran
el motor y me dieran mi última capa de pintura fue inexplicable. Me llevaron
como un rey, en grúa, a ese pequeño restaurante al lado del mar, en Vilafortuny.
Allí había estado yo… Vidas atrás. Se olía la sal, se veía el mar. Me colocaron
en un rincón muy apetecible para rellenar un hueco que realmente clamaba la
presencia de algo retro.
No sé si pego mucho aquí, pero
soy feliz. He tenido una vida maravillosa. Estoy dispuesto a apagarme con calma
viendo este paisaje que quizás, si echo la vista atrás, puedo considerar que he
logrado merecer.
