martes, 17 de febrero de 2026

El Polito

Yo era un Volkswagen Polo blanco, recién salido de fábrica, que un señor compró en la feria del automóvil. No estaba seguro de si le daría buen uso, pues empezaba a hacerse mayor. Pero necesitaba algo de movilidad para ir a la ciudad a hacer recados, y para ir a la playa en primavera.

Me disfrutó mucho, me cuidó con cariño. Su señora rara vez me conducía, ella no estaba cómoda al volante. Él vigiló durante esos diez años mi nivel de aceite, mis ruedas y mis revisiones en un pequeño taller a las afueras de la ciudad. Nunca me faltó de nada… Hasta que se hizo muy mayor. Al final ya casi nunca salíamos, me empecé a aburrir un poco. Me preocupaba deteriorarme por desuso. Aunque su hijo de vez en cuando me sacaba, y siempre me mantuvo en buen estado.

Finalmente el día llegó. Oí cómo le comentaba al dueño del taller la posibilidad de ponerme en venta. El señor le dijo que era un buen coche, que seguro que lo podrían vender. Me despedí de aquellos abuelitos, y me quedé esperando a que alguien me viera con buenos ojos. Me pusieron bien guapo, todo limpio y lozano, todo a punto.

Vinieron algunos jóvenes, preguntaron mi precio. Yo no era muy caro, pero claro, tampoco ofrecía las versatilidades de un coche todoterreno y deportivo que pueda seguir el ritmo frenético de solteros excursionistas y viajeros. Tampoco de padres jóvenes con sus sillitas voluminosas y sus maletas. Sabía que mis futuros dueños llegarían, y llegaron.

Una pareja relativamente joven pasó un viernes por delante del taller. Aparcaron en doble fila y entraron a preguntar por mí. Su hija mayor había cumplido los 18. Al padre le faltaba una pierna y su parque móvil actual era todo automático, mala idea para cogerle práctica a la conducción.

El buen hombre del taller les habló de mí, no les fallaría. Quise gritárselo, de verdad, de verdad ¡no os fallaré! No hizo falta, me compraron aquel mismo día. Qué feliz fui.

Me llevaron a casa y de sorpresa le dieron mis llaves a la hija. Menuda fiesta. ¡Esta era la alegría que yo quería! La hija tenía una hermana dos años menor que seguro que en breves también me podría conducir. Al hijo pequeño todavía le quedaba, era chiquitín.

Me llevaron con ilusión a dar una vuelta por su urbanización, jamás podré olvidar la cara de asombro de esas niñas. Depósito lleno y energía a tope. En nada empecé a ser fiel compañero de aquella chica. Estudiaba en otra ciudad, pero muchos fines de semana volvía y me usaba para hacer planes con amigos. De día y de noche, menuda diversión. Era prudente y jamás me hizo sufrir por la bebida. En aquel hogar había también un coche familiar azul, muy elegante, y otro Volkswagen, un Golf. También una moto, tan graciosa. Éramos la familia perfecta.

En un abrir y cerrar de ojos, la niña de 16 ya tenía 18 y se unió al clan de pequeñas conductoras. Volvían de la universidad y me compartían con ilusión. También la madre de familia me usaba ocasionalmente entre semana, si las chicas estaban un período largo sin venir y no querían que cayera en desuso. Aquella familia era realmente cuidadosa. La madre me llevaba a revisión y me llenaba el depósito para que las niñas me tuvieran listo para la marcha.

Incluso al padre sé que le habría hecho ilusión llevarme. Pero con una pierna, tres pedales somos multitud.

Fueron pasando los años y llegó la gran noticia: me iba a vivir con las chicas a Barcelona. Empezaba a ser mayor pero funcionaba a la perfección. La idas y venidas de 100km se me hacían un poco cuesta arriba, pero lo daba todo. También me divertía. La radio dejó de funcionar, pero aquellas chicas consiguieron de algún modo sortear ese problema con un parche tecnológico y seguían cantando al son de mis pequeños altavoces. Una vez incluso me llevaron a esquiar. Aquello sí que fue mi límite, pero de verdad que di el do de pecho. Fueron unos años preciosos.

Empecé a notarme mayor, ya tenía problemas con mi aire acondicionado, así que me devolvieron a Tarragona. Se llevaron el Golf. Al principio sentí algo de celos, aquel coche era deportivo, potente. Tenía una ventana en el techo que se me antojaba pura libertad. Pero fue lo mejor. Realmente no podía mantener aquel ritmo.

No supe muy bien cómo, pero de repente el pequeño hermanito también cumplió los 18. ¿Cómo había podido ocurrir? Aquel pitufo tenía barba y un papelito que decía que podía conducir. Volví al ruedo. Se divertía mucho conmigo y además sabía de coches, me manejaba realmente bien. Era un chaval divertido y prudente. Pude visitar más pueblos, porque solía recoger o dejar a sus amigos en casa.

La vida quiso que finalmente el Golf dejara de funcionar antes que yo… Pobrecito. Me caía bien. Realmente acumuló una animalada de kilómetros para cubrirnos al coche familiar y a mí. Dio un buen servicio y fue un gran compañero; le eché de menos, la verdad. Todavía recuerdo el día que se lo llevaron con la grúa desde dentro de casa. Yo dormía en la calle, era una imagen que jamás pensé que vería. Eso me hizo empezar a pensar si ya sería mi hora. Esta buena gente pronto dejaría de necesitar una antigualla como yo. ¿Me desguazarían pronto? El coche azul me tranquilizaba. Aquel fue un gran compañero. En cierto modo siento que envejecimos juntos. Conecté más con él que con ese novato verde, deportivo y grandullón que trajeron a casa un martes. Pero qué le vamos a hacer; el relevo generacional.

Los siguientes ITVs me hicieron sufrir. Era el maldito examen del año y me pasaba un mes sin dormir antes de mi cita. Finalmente, siempre pasaba.

Y llegó el momento. El chaval terminó la universidad y se fue del país a estudiar un master. Nada menos que de Formula 1. Había sido un afortunado de tenerle al volante. Pero ya no era útil allí. Mi uso caía ahora en picado. Me mantuvieron un tiempo… pero la realidad era que no me necesitaban.

Cuando ya me temí lo peor, un día padre e hijo fueron a dar una vuelta juntos. “Oye David, este coche ha sido muy fiel. Si consigues venderlo, te quedas lo que saques”. Eso era más que un sueño. Una segunda vida con tres historias era increíble, pero una tercera vida me quedaba totalmente fuera del radar.

David me puso en venta. Logró sacar una suma que no me creía ni yo. La inflación hizo su parte supongo, pero tengo que decir que alimentó mi ego.

Buscó un buen comprador, un hombre que vivía solo, de unos cuarenta años. Le serviría de utilitario, soy un coche sencillo, sin complicaciones. Soy fiel.

Marcos me usó bien. Creo que no me cuidó tanto como mis anteriores dueños, pero no se lo puedo reprochar. Mi edad era ya considerable, habría sido una imprudencia gastar una fortuna en el taller tan frecuentemente como yo lo necesitaba. Hice lo que pude y él lo comprendió. Me tuvo unos tres o cuatro años más, hasta que una mañana ya no pude despertar. No logré arrancar, lo intenté con todas mis fuerzas, pero algo fallaba; era algo diferente a cualquier otra vez.

El mecánico vino a visitarme y dio el veredicto. No merecía la pena arreglarme.

Visualicé mi vida. No podía quejarme, habría sido del todo injusto. Y aun así, me daba una pena inexplicable pensar en la idea de un desguace triste y abandonado al sol. Mis plásticos derritiéndose, mis neumáticos probablemente robados, mi capó oxidado. Quería llorar.

Y de pronto, el destino me dio mi última oportunidad. Su sobrina tenía un sitio de eventos decorado al estilo retro. Mi tamaño parecía ser el ideal para colocar al alcance de los invitados.

La sensación de que me quitaran el motor y me dieran mi última capa de pintura fue inexplicable. Me llevaron como un rey, en grúa, a ese pequeño restaurante al lado del mar, en Vilafortuny. Allí había estado yo… Vidas atrás. Se olía la sal, se veía el mar. Me colocaron en un rincón muy apetecible para rellenar un hueco que realmente clamaba la presencia de algo retro.

No sé si pego mucho aquí, pero soy feliz. He tenido una vida maravillosa. Estoy dispuesto a apagarme con calma viendo este paisaje que quizás, si echo la vista atrás, puedo considerar que he logrado merecer.

sábado, 27 de diciembre de 2025

Los Reyes de Oriente

Salimos hace diez días y su Majestad parece preocupado. Mira al Cielo y comprueba sus mapas estelares, teme perder de vista esta estrella nueva, esta tan extraña que ha surgido recientemente.

La busca de noche y la anhela de día; temiendo perderla, temiendo que al crepúsculo no vuelva a aparecer.

No supe qué le dijo aquella pastorcilla, la que vino de urgencia a avisarles. Tampoco el grupo que vino después de ella, reiterando el mensaje, dando indicaciones. Acto seguido su Majestad nos solicitó que hiciéramos el equipaje con premura para salir aquella misma tarde. 

Jamás le vi tan turbado, tan ansioso. Esa fue la primera señal que me hizo pensar que había ocurrido algo distinto, algo especial. 

Salió rápido a poner sobre aviso a sus dos amigos, Melchor y Gaspar. Fue en persona a sus palacios. También ellos estaban al corriente.

Salimos con prisa, pero no la suficiente. Unos mensajeros del Rey Herodes nos intervinieron; el monarca solicitaba una visita de los tres Reyes, a él le gusta llamarlos magos. Era una manera amistosa de indicarles que debían aparecer por sus dominios.

Desviamos el rumbo pues, algo al este. Herodes se interesó por las noticias, pude escuchar que había nacido un niño especial, un niño mágico. Un niño que era en realidad el futuro Rey de los judíos. Herodes parecía darle suficiente importancia como para dedicarle tiempo y energía… Eso era extraño. Eso era el segundo indicio de que realmente eran tiempos especiales.

Herodes confiaba en la “magia” que les atribuía a los Reyes, pobre ingenuo. Ellos sólo sabían leer las estrellas y orientarse por ellas, un arte ancestral en sus dinastías. En aquel momento, esa era toda la magia a la que podían aspirar.

Pero les sirvió, y de mucho. Desde el primerísimo anochecer Baltasar la vio, una estrella nueva, una luz que no estaba donde debería estar. “O quizás sí… “ se dijo pensativo. Herodes les pidió que le visitaran también de vuelta con sus noticias. Pero aquello nunca iba a ocurrir.

Hicimos turnos por el camino. Yo soy un paje joven y fuerte, me puse de los primeros. Llevaba el carro grande con uno de los camellos más fornidos, era complicado dominar a esa bestia. Luego venía la procesión carros pequeños con provisiones y los que dormían. 

Al alba hacíamos cambio de turno. Los pajes principales descansábamos un rato mientras el grupo avanzaba a un paso más lento y llevadero.

Su Majestad el Gran Rey Baltasar hacía turnos como uno más, y protegía con esmero su carro personal. 

Un Rey tiene pertenencias preciadas, eso lo sé. Pero me extrañaba ver el apego que tenía a esa carga, un par de camellas tiraban de ese carro, especialmente bien tapado.

Parábamos todos juntos en las comidas, dos veces al día. Los pajes de los Reyes Melchor y Gaspar me parecieron amigables, compartíamos vino y mantecados los breves ratos de parada.

Y finamente anoche llegamos al sitio indicado por la gran estrella, la que tanto habíamos perseguido. Montamos las jaimas a las afueras de Belén. Y hoy ha ocurrido lo inaudito.

Baltasar me ha pedido que le acompañe a ver al Rey de Reyes. Eso me ha parecido extraño, pues el palacio de Herodes sita bien lejos ya.

Me ha dado un camello para arrastrar su carro personal, lo mismo han hecho Melchor y Gaspar, cada uno con un paje.

Hemos salido los seis hacia el pueblo de Belén, y hemos buscado un buen rato.

Hemos preguntado en el arroyo, también en la posada, que estaba llena. Nos han indicado que siguiéramos hacia el establo. Allí Le he visto, iluminado por la Estrella. Él era la Luz, tan pequeñito y frágil. Tan dependiente de su mamá, con su sonrisa serena y sus ojos de miel. Tan protegido por el señor alto y fuerte, el buey y la mula. Y mi señor, el Rey Baltasar, se ha echado a sus pies y lloraba. Sus lágrimas silenciosas aclamaba redención y paz. Mi corazón se ha helado, y se ha derretido al mismo tiempo. Su majestad me ha pedido que le ofrezca al Niño Dios nuestro regalo -nuestro!-. Y he destapado el carro y he visto una montaña de mirra, la he colocado al lado de los presentes de Melchor y de Gaspar. Oro para el Rey de los vivos, Incienso para honrar a Dios y Mirra para un devenir humano, de sacrificio y muerte. Jamás, jamás vi tan premeditados regalos.

Y allí había presentes de todo tipo, había lana, sopa caliente, pañales y miel. Había quien le regalaba su tiempo, su esfuerzo. Una sonrisa en un momento difícil, levantarse a medianoche a ayudar a un hijo o a un anciano, un favor en el trabajo, una canción humildemente bien cantada. Allí estaban todos los regalos de la humanidad. Todos preciados, todos valiosos. Y aun así no alcancé a imaginar qué le podría regalar yo a ese niño, ese Bebé caído del Cielo. Inocente de mí, sólo alcancé a plantearme que se tendría que haber caído accidentalmente. ¿Qué Dios, qué Rey, bajaría de su trono para aterrizar en un frío y húmedo pesebre? 

Y mientras le pedía de rodillas que me dijera qué quería, con qué le podía obsequiar yo, me miró. Y eso fue suficiente. Porque Él sólo quería que yo estuviera allí, contemplándole. Que hubiera seguido la estrella hasta allí, durmiendo poco, cargando con tanto, eso era mi regalo. El mejor trocito de mí.

viernes, 13 de diciembre de 2024

Camino a Belén

 Me he puesto a pensar en el trayecto que hicieron María y José hacia Belén, y hay varios asuntos que no comprendo. Un embarazo es el mejor regalo que puede llegarle a alguien, pero estos días, casualidades de la vida, me vienen a la cabeza algunos pormenores. Para nada eclipsan la felicidad de lo venidero, pero podría uno llegar a pasarlos por alto.

La espalda… No entiendo cómo pudo María caminar tantísimas horas, tantas, sin caer rendida de dolor. No hablamos de una barriga de cinco ni de seis meses, estaba embarazadísima. Estaba a punto, muy a punto de dar a luz. El peso de la parte baja de la espalda es muy difícil de soportar mucho rato seguido, y probablemente ella no tenía el cinturón elástico aguanta-barrigas ni una buena faja. Y desde luego no tenía a su fisio de confianza cerca. Sinceramente, no lo comprendo.

Los pies… Lo más probable es que la pobre llevara un calzado más bien desafortunado. No es por prejuicio, pero dado el contexto histórico y social, creo que no llevaba ni las mejores Nike del mercado ni unas buenas botas. De hecho es posible que no llevara ni un buen calcetín. Y si a todo ello añadimos nieve… Pues espero que por las noches se le secaran los calcetines y el interior de los zapatos del día anterior. Porque he caminado con calcetines húmedos -lo que tiene ser despistada y no prever mudas correctas en la montaña- y uno no aguanta mucho. Y seré yo un poco maniática, pero cada tontería pesa mucho más cuando una está embarazada. Físicamente se multiplica por tres, y anímicamente por diez. No sé muy bien cómo lo hizo.

Las náuseas… Algunas son afortunadas y sólo tienen el estómago revuelto el primer trimestre. Pero eso no siempre es así, y de serlo, luego llega el ardor de estómago. Empiezo a parecer quisquillosa, pero el vaivén sobre un burro, calculo que al menos 8 horas al día para hacer jornadas de trayecto productivas, a mí me parecen imposibles. O tuvo que parar a resolver sus náuseas cada media hora, o José trajo un arsenal de palitos de pan para calmarle el estómago. Que todo puede ser, oye. José parece previsor, quizás el angelito le avisó también de esto.

El frío… El termostato no siempre funciona con las hormonas algo sueltas. No sé yo si llevaban el nivel de abrigos térmicos de los que disponemos hoy en día, pero algo me dice que pasaron ambos mucho, pero que mucho frío. Tanto de día como de noche.

Y yendo a las noches… El sueño. No he sido muy exigente como algunas de mis amigas, con esto de los quince cojines, de diferente tamaño, dureza y forma. Pero realmente la última quincena es casi imposible dormir, incluso con un colchón maravilloso que compras emocionado por el módico precio de, vamos a llamarlo, una fortuna. No creo que las posadas del camino tuvieran semejante equipamiento. Más bien creo que María durmió muy poquito durante todo el trayecto. Sin mencionar la obviedad de que no sé exactamente cómo iban al baño en esa época, pero la combinación no se me antoja lo que llamo “el número ganador”.

La incertidumbre… Ahora mismo nos hacen unas veinte pruebas durante el embarazo, los monitores lo indican todo, sabemos qué doctor nos atenderá, dónde estará, a qué teléfono contestarán él y sus cuatro contactos de emergencia y más o menos qué ocurrirá. Y lo que no sabemos, es una certeza que el doctor o nuestra querida madre o suegra lo saben. Ella estaba sola con José. Y José era desde luego el mejor marido que pudo tocarle, sobre eso podemos hablar otro día. Pero no tengo claro que fuera el más experimentado en planes de parto, fecha y procedimientos. Estaban de camino sin saber cuándo llegaría el momento, si habrían conseguido llegar a Belén, si tendrían sitio en alguna parte -ojo, sin reservar en Booking ni por El Corte Inglés.

Sinceramente, no entiendo cómo pudo estar tranquila sin reserva previa en la posada, sin dormir, sin espalda, sin pies, sin abrigo y sin estómago. No me entra en la cabeza, pero es evidente que vivió aquellos días con toda la Paz del mundo. Si no, no habría podido salir de Ella semejante milagro. Algo hubo que no sé explicar, que no alcanzo a comprender y que desde luego me deja mucho, mucho que pensar.


Imagen de haciadios.com

Nuvole Bianche

Hay melodías que te secuestran el corazón.
Te lo secuestran porque mientras dura esa canción, no eres el dueño de lo que pasa por tu cabeza.
Estoy escuchando Nuvole Bianche, de Ludovico Einaudi. Ahora os va a sonar de una arrogancia singular, pero considero que tengo buen gusto para la música. Hay combinaciones de notas que, por algún motivo que desconozco, me parecen excelentes. En la película de Orgullo y Prejuicio, una mujer altiva e insufrible mencionaba algo parecido a lo siguiente: “Hay pocas personas que gocen de la música más que yo, o que sepan más que yo. Si hubiera estudiado música, habría sido una excelente intérprete”.
Nada podría separarme más de la segunda parte de esta frase; con lo torpe que soy, no habría llegado ni a los grados más bajos. Pero tengo que decir que hay gente que pasa por esta vida sin disfrutar del todo de la música, sólo la consume, la quema. Hay canciones que podría uno escuchar una docena de veces seguidas y ellos no la disfrutan ni hasta la mitad. No soy como la Lady arrogante de la película, pero las cosas como son: tampoco soy como estas personas.
Nuvole Bianche por ejemplo. Empieza con una más que simple introducción. Nada podría dar a entender que abre semejante obra de arte… ¿o sí?
Sigue una sencilla melodía de base repetitiva, que por alguna extraña razón, parece que “ya me sonaba”. Ya me suena por los millones de veces que la he escuchado, evidentemente, pero me refiero a que a uno le empieza a resultar familiar. Como si le llevara a algún sitio en el que ya ha estado.
Parece que un niño pudiera tocar estas primeras notas. Así de sencillo lo hace parecer.
Sigue una melodía más trabajada, ya juega más con los volúmenes. Incluye un trozo dulce, inocente.
Y luego llega lo que precede al estribillo, hasta empieza a parecer agresivo. Y uno ya siente que ese lugar recóndito, ese recuerdo que no se sabe bien cuál es, está más vivo que nunca. Una melodía de nuevo repetitiva pero profunda. Una melodía que ya empieza a secuestrarte la mente, tu cabeza ya no es tuya; de algún modo pertenece ya a Ludovico. Que se debe estar dejando los dedos, porque la fuerza se siente en cada nota.
Y llega el estribillo y uno ya no es dueño de sus pensamientos. No puede pensar ni escribir, no puede caminar con calma ni tampoco correr, porque no recuerda hacia dónde iba.
Y de repente frena. Te da como una bocanada de oxígeno, te hace retomar el hilo; pero sigues ahí, en ese lugar, el de tus sueños, el de tus recuerdos. O el de recuerdos que no existen.
Y el piano que vuelve a entrar te hace pensar. De dónde he sacado yo esta imagen de un prado verde con este lago, con hierba y flores altas que me ocultan del mundo mientras escribo?
Dónde he visto yo estos acantilados abruptos, he estado en Cornualles?
Cuándo he estado en las entrañas del Grand Canyon para visualizarlo con tantísima claridad en este momento, hasta cada mota de arena, hasta sentirme abrumada por este sol?
En qué momento he visto yo tan de cerca a este pianista excelente y me he sentado a su lado en la banqueta y sus notas han entrado por cada poro de mi piel y no veo su cara pero tiene manos de ángel?
Cuándo he estado yo saltando con Peter Pan por estas nubes tan elásticas, tan suaves? ¿A dónde ha ido?
Por qué conocía cada nota la primera vez que escuché esta canción?
Hay canciones que no necesitan letra, es mejor así; sin orientarte, sin conducirte a ninguna otra parte que tus cavilaciones más elementales.
Y con la misma sencillez que ha llegado, te deja. Te devuelve tu mente como si esto no hubiera ocurrido, como si tus pulsaciones fueran las mismas. Como si esta canción no cambiara nada, como si pasara por tu vida sin hacer ruido, pero sin dejarte igual.

lunes, 18 de septiembre de 2023

Demasiado pronto.

 Arranco estas líneas con el corazón encogido. Se me acumulaban desde hace ya tiempo, aunque una intente posponerlo. Ahora, ya desbordantes, salen a la luz. Es su momento, y no sé en qué momento ha ocurrido.

Recuerdo cuando tuvimos nuestra primera conversación seria, la primera entre hermanos de igual a igual, sin hablarte como a un niño. Pero aquel día aun no te vi como a un hombre. Era pronto.

Recuerdo las risas con los primeros atisbos de tu barba. Pero no recuerdo cómo tu rostro adquirió facciones más marcadas, de ese proceso no fui consciente. Sólo lo vi claramente, en una foto, cuando ya casi eras un hombre… Pero todavía no; era pronto.

Recuerdo cómo nos pareció que tu afición al deporte cada vez era menos infantil, luego menos adolescente, y al final, menos amateur. Recuerdo la impresión de papá el primer día que fuiste tú el que apretaba el ritmo esquiando, o en bicicleta.

Recuerdo la primera pista que bajaste como si nada, pero con todo. Eras pequeñito para considerarte un hombre, o eso pensé. Pensé que era pronto.

Recuerdo las lágrimas de mamá en tu último día de colegio. Pero no le dimos importancia, la euforia, la fiesta. Sólo mamá sabía lo que pasaba, lo que estaba pasando y quedaría atrás.

Recuerdo las noches de inquietud que tuve cuando te incorporaste en la universidad, en esa carrera tan difícil que sólo tú podías convertir en fácil. Como aquella pista, la que me pareció que volaba un niño.

Recuerdo verte salir de fiesta y disfrutar con tus amigos, y pensar que te veía más joven que cuando nosotras lo hacíamos. No podía ser… Era demasiado pronto.

Recuerdo tu madurez en aquellas entrevistas para incorporarte en este proyecto, uno de tus grandes proyectos. La impresión de verte serio, interesado en algo importante para ti. Tu alegría al conseguirlo. Nuestra alegría con nuestro chico, que no niño… pero tampoco hombre todavía.

Recuerdo tu responsabilidad para con tu equipo, tus días de trabajo, tus noches en vela. Tus viajes con amigos, tus escapadas, ya al volante. Tu cochecito, y luego tu coche. Y todos tus “tu”, que se iban haciendo adultos, menos tú, que eras nuestro niño, nuestro pequeño David. Aún pequeño, porque para no serlo, parecía pronto.

Y ahora, que recuerdo todo esto y más, me siento una estúpida por no recordar en qué momento te has hecho un hombre.

Ahora ya no están esos rizos rubios, esos mofletes que nos perseguían para jugar, ese niño pequeñito al que había que llevar en coche, ese aprendiz de esquiador, ese uniforme en miniatura, esos amiguitos con cara ingenua, ese perseguidor de Rayo McQueen, ese hermanito al que había que proteger.

En su lugar hay un hombre, de mirada madura e ideas arraigadas. De valores claros, decisiones firmes y ambición constante. Un Hermano, uno con mayúsculas, un cuñado, un tío. Con sueños tangibles que perseguir, y energía sobrante para perseguirlos. Con tu autonomía, con tus amigos, tu libertad y tu vida.

Ahora ya no es pronto para empezar a considerarte un hombre. Ahora es, de hecho, demasiado tarde. Porque no recuerdo en qué punto exacto ha ocurrido, ni por qué tengo la impresión de que ha sido tan rápido, ni en qué momento te comencé a admirar. Ni si pestañeé un segundo y ocurrió, ni cuantísimo te echaré de menos ahora que te vas a seguir – y a conseguir - tus sueños. Esos sueños de hombre, que un día, un niño soñó.

viernes, 18 de febrero de 2022

Otra perspectiva

Era esperable que este momento llegaría; estando de siete meses una no debería esquiar. De modo que me he dispuesto a tomar el plan que durante años he denominado “dominguero”. He descubierto una nueva versión de la nieve y sus intríngulis, como diría mi madre.


Para empezar, he arrancado el día desayunando como si fuera a esquiar. Lo que viene siendo arrasar en el buffet de toda la vida, vamos. Pero ahora que estoy aquí sentada a las 11 de la mañana, me doy cuenta de lo rápido que se quemaban los desayunos contundentes cuando movía los músculos. Incluso los días tranquilos, los de no-reventarse. Creo que el último cruasán realmente no me hacía falta.


Estando en la cafetería de Candanchú me he fijado que hay unas pocas personas que han traído su libro y también piensan pasar una mañana tranquila. Pocas veces había visto una terraza en las pistas tan vacía, con un día soleado.


Qué día, qué sol. Hace frío y la nieve aguanta perfecta, sólo con oír el ruido de los esquiadores al pisarla se nota. Me fijo en que hay más gente de la que pensaba vestida “de calle”. Yo, en mi ilusión, le pedí prestado un traje grande de esquí a mis padres. Aquél que mi madre llevó embarazada de mi hermano… pero que yo he preferido usar a lo “light”. La verdad es que me he vestido así por hacer ambientillo; esto es lo más cerca de esquiar que voy a estar esta temporada. Pero hay gente que viene aquí con vaqueros y piezas de abrigo normales, me pregunto si no tendrán frío viniendo así en un día menos soleado o con viento.


Una mujer pasea unos galgos preciosos, yo pensaba que estos perros eran muy sensibles al frío. Pero se les ve felices, y la señora en medio de la explanada principal de las pistas. No tiene miedo a que la atropellen, no sé por qué, mi cabeza atribuye esa zona a llevar un par de esquís puestos. Y además atribuyo otras razas de perro a la nieve, uno siempre piensa en huskies.


Las pistas parecen más empinadas desde aquí, las azulitas de principiantes dan más sensación de velocidad que cuando uno está allí arriba. Y en cambio el tele-arrastre parece lo más lento y parsimonioso de la historia.


Veo a más esquiadores en solitario de los que recordaba cuando yo esquío. Me cuesta un poco de comprender; en mi familia siempre hemos entendido el esquí como un plan “integral”, en pack. Con familia o amigos, siempre juntos, porque no es un deporte solamente, es un día todos juntos. Podría contar con los dedos de una mano las pistas que he bajado sola en mi vida. Pero supongo que todo puede verse desde otra perspectiva. 


Todo ello animado por una música altísima que suena aquí, en la terraza de la cafetería. Le da un toque casi a anuncio de cerveza o trailer de película de amigos. Le dan a uno ganas de bailar.


Y mientras Queen se deja la piel para animarme esta mañana de esquí-sin-esquí, os dejo. Voy a buscar a mi Mister y a los amigos; a ver si les pillo una foto de las buenas hoy que lo tengo fácil. No hay mal que por bien no venga, y más al pensar que la temporada que viene nos sabrá a Gloria… a Gloria y a potitos, porque vendremos más y mejor acompañados!

sábado, 11 de diciembre de 2021

El tamborilero

Estos días estoy pensando mucho en aquel jovencito, el que tocaba el tambor. Alguien compuso una canción sobre él, la verdad es que es uno de mis villancicos favoritos. Y creo que con mucha razón, porque sin darnos cuenta, en la vida nos vamos encontrando tamborileros. Nos ayudan, nos ofrecen lo que tienen -todo ello- y a veces ni reparamos en ellos.

El camino que lleva a Belén… Baja hasta el valle que la nieve cubrió. Qué frío, qué frío tan tremendo y húmedo y yo no tenía calzado apropiado. Papá me lo ofreció, pero pensé que mi hermanito lo necesitaría más; por un momentito me arrepentí, qué cosas. Cómo deben sentirse unos zapatos calentitos, forraditos de piel de oveja. Pero las ovejas son para el negocio familiar, nada de consumo propio. Así que sin apenas pensarlo me fui camino a Belén por la nieve, con lo puesto. Qué noche tan cortante, desagradable. A medio camino mis pies ya estaban empapados, pero me daba igual. No había un minuto que perder.

Dice la canción que los pastorcillos le llevaban regalos en su humilde zurrón. Pero humilde es un término relativo… Yo no tengo ni zurrón. Sólo tengo mi tambor, mi tesoro. Y en realidad ni siquiera es mío, es del tío Paco. Yo creo que el tío me ve practicar tan feliz, tan concentrado, que nunca me lo pide de vuelta.

Yo quisiera poner a tus pies… Algún presente que te agrade, Señor. Pero qué pobre soy, qué hambre paso yo también. Y qué daría por haber tenido comida hoy, si la hubiera tenido, te la habría traído. Pero no tengo presentes, ni zapatos. No tengo zurrón ni comida, sólo tengo mi noble tambor.

Y llegando al portal lo oí, el tumulto, la sorpresa. Parece ser que incluso había tres grandes Reyes de camino, un espectáculo. Todos los pastores de los alrededores habían acudido, todos ofrecían algo al niño Jesús. Y yo no tenía nada para Ti, no tenía bolsillos ni su contenido, sólo traje mi pequeño tambor.

Así que, en tu honor, frente al portal lo toqué. Y me esmeré, toqué todo mi repertorio. Y mis manitas se helaron, y mis pies ya ni los notaba. Mi torso se mantenía caliente por el esfuerzo, erguido, como me enseñó mamá. Y tu Mamá, qué guapa era. También para ella toqué, para sus ojos de azúcar y bondad. Y para el señor elegante que te protegía, e incluso para el buey y la mula, y para los demás pastores. Toqué hasta pasada la medianoche, hasta que la nieve me cubrió las rodillas y papá me vino a buscar. Y fui feliz porque te lo regalé todo. Todo lo que tenía, mi único lujo, mi música.

Y quizás haya quien piense que estoy loco, que soy un exagerado. Que no debí dejar que mis manitas se helaran, que mis rodillas chirriaran, todo por que mi tambor resonara. Pero no sabéis, la vida bien me lo compensó. Porque cuando Dios me vio tocando ante Él… Me sonrió. 


 © wallpapersafari.com