Hoy había una mariposa en el tren.
Para unos puede parecer un engorro, una pobre criaturita molestando sin querer
a los pasajeros del tren. Gente ocupada, siempre mirando el teléfono, siempre
seria, pocas veces con la mirada feliz. Pocas veces mirando el paisaje, mirando
hacia arriba. Y esa mariposa, encima, molestando.
Para otros puede parecer romántico. En teoría es un bicho, un ente de los que
deberíamos catalogar feos, desagradables. Prescindibles. Pero las mariposas
tienen esa venia, esa belleza. Ese aleteo que sostienen, pero que no es
constante. Parece incluso algo torpe. Pero bonito, al fin y al cabo.
Si uno es afortunado, en lo fugaz del cruce de una mariposa, puede deleitarse
en sus colores, en su exclusividad. Son únicas, es complejo encontrar a dos
idénticas. En realidad no las hay.
Para algunos la mariposa representa la instantaneidad, lo pasajero. No tienen
una vida larga, y aunque la tuvieran, no disfrutaríamos de ella. Probablemente
la misma mariposa no pasará por delante tuyo dos veces en tu vida. Y en
realidad da igual, porque con una vez basta. Con una es suficiente para admirar
su belleza, su ingenuidad.
Probablemente no vivan lo suficiente para aprender de los peligros de la vida.
Y ¿qué más da? Se posan en las manos de los niños y se dejan admirar, asumen el
riesgo, se dejan querer. Comparten su alegría, su libertad.
Por eso no tiene sentido que haya una mariposa en un tren. Podría uno pensar
egoístamente que es el único modo de disfrutar de ella múltiples veces, en el
mismo trayecto. Podría uno desear que allí permaneciera, haciéndole compañía,
embelleciendo su efímero trayecto. Podría uno plantearse que sería mejor que la
mariposa nunca hubiera entrado en el tren, aun con el riesgo de perderse esos
minutos únicos, los que le han hecho mirar hacia el Cielo. Podría uno
autoengañarse y pensar que ella se quedará en el tren, aun pudiendo escapar.
Pero llega la siguiente parada y, muy evidentemente, la mariposa se irá. Podría
uno anhelar lo contrario pero no sería justo. Sería quitarle su libertad,
anular su naturaleza. Sería negar que ha disfrutado de ella y su precioso
aleteo ya demasiado rato, a demasiado color. Sería seguir admirándola en el
tren, y no en el Cielo, donde pertenece.
La realidad es que somos las personas de aquí abajo las que necesitamos el tren
para desplazarnos. Ella puede y debe volar libre, infinito. Ella debe dejarnos
su recuerdo feliz y nuestra mirada alzada e irse. Ella debe ser mariposa y
nosotros seguir en el tren, llegar a nuestro destino. La eternidad sabrá
hacernos reencontrar.
Belén Llátser Nieto
