domingo, 24 de mayo de 2020

Ostras


Hay mucha gente haciendo reflexiones sobre la cuarentena, la salud, la familia o la propia pandemia. No quería ser un tópico, pero el otro día me dijeron una frase que me hizo pensar: “Uno tiene que preguntarse cómo quiere que le recuerden en un momento así”.

Si os soy sincera, en esta cuarentena me han sorprendido muchas cosas. Algunas son muy evidentes y las hemos visto todos: la envergadura que puede llegar a tener un problema, la sociedad, la política, la economía. Pero otras son tan sutiles que he tardado dos meses en atisbarlas.

Quienes me conocen bien saben de mi enorme fe en el potencial de la mente. La cabeza tiene una capacidad infravalorada para regir a la persona, tan espectacular que puede llegar a interferir muchísimo en cuánto nos afecta lo que llega desde fuera. Evidentemente, esto no es el 100% porque somos personas, no ordenadores. Pero también creo necesario decir que somos humanos, no plantas que sólo dependen de que las rieguen desde fuera.

Hay personas que han tomado esta situación con una actitud flexible. Y cuando digo flexible no digo que les hayan tocado buenas cartas, pero su actitud ante la partida está siendo, cuanto menos, potable.

He llegado a la conclusión de que hay personas que son como ostras. Les metes una pequeña basura en su vida y la convierten en una perla, y lo que la hace brillar es su propia esencia, lo que han añadido a la basurita precisamente para protegerse de ella. Y sin quererlo la han convertido en una joya.

Las perlas no siempre son esféricas, para que lo sean no sólo hace falta jugar bien, también se necesita una buena mano. Pero no sé si habéis oído hablar de las perlas barrocas. No son redondas exactas, de hecho, a veces parecen un boniato, ya no son ni patata. Son preciosas.

No hay dos perlas barrocas iguales, es complicado encontrar un juego para hacerse unos pendientes. La pobre ostra que las hizo seguramente tuvo una mala mano, o una buena que se torció, pero hizo lo que pudo. Y allí está su proyecto, luciendo en tu cuello como adorno inimitable. Literalmente único porque ninguna otra ostra, por perfectas y esféricas que saque sus perlas, sabría hacer una igual.

Francamente, no creo que esta vaya a ser una temporada de maravillosas perlas Kailis. Es probable que estos años tengamos un cultivo espectacular de perlas barrocas y de personas que no se veían capaces de hacerlas. Si me preguntan cómo quiero que me recuerden, me gustaría que fuera como una ostra. Por mi parte, estoy descubriendo a muchas, y esto es quizás lo mejor que me llevo de toda esta situación.


sábado, 21 de marzo de 2020

Por qué maté a Mufasa

  
No sé si habréis leído “Cartas del Diablo a su sobrino” (C. S. Lewis), a mí me pareció sublime. Hace tiempo que quería escribir algo desde la referencia opuesta a la que estamos acostumbrados. Debo reconocer que he tardado mucho en hacerlo porque creo que es difícil oponerse a la naturaleza que tenemos de verlo todo con los mejores ojos posibles. Algún crítico me ha dicho que esta carta es demasiado dura… Quizás como aquel que la escribió.

 
“No entiendo esa obsesión por justificar al adversario. Siempre tras ese sentimiento de perdón, de “buenizar” al antagonista. Todo relato desde su punto de vista resulta débil y pasteloso, grandes han caído tras ese falso telón de autoengaño que pretende redimirnos. Maquillaron hasta a Maléfica, y eso amigos, es mucho decir.
 
Siento ser yo quien os lo comunique, pero no, Maléfica no albergaba amor entre sus motivos. Y yo tampoco. No os gusta oírlo porque vuestro cerebro está construido sobre una malla de bondad, esa es vuestra referencia base. Todo lo que salga de ella es una anomalía, un defecto. Por eso no sois capaces de comprendernos.
 
Yo maté a Mufasa. Y odié a su hijo y a su esposa y a sus súbditos, y no me arrepiento. Podría sucumbir -y de hecho, eso hice- y perderlo todo y aun así no dejaría de sentir lo que siento. Porque yo maté a Mufasa por un conjunto de motivos y ninguno de ellos os va a resultar comprensible ni “buenizable”.
Maté a Mufasa por envidia, la más grande y evidente de mis razones. Es obvio que, siendo el hermano mayor, él llevaba la delantera. Pero ello no evitó mi envidia, al margen de las circunstancias. Además, yo era más débil en cuerpo, pero más fuerte en carácter. Yo hice algo que él jamás habría sido capaz de hacer. Y eso sigue alimentando mi ira.
Por ira maté a Mufasa, por pura descarga. Por un sinfín de terminaciones nerviosas encendidas al rojo vivo que desean el mal, siempre y sobre todas las cosas. Por una potencia inexplicable que emanaba de mi oscuro corazón y de mi sibilina cabeza. Y esa ira focalizada se convirtió en mi poder.
Por poder maté a Mufasa, por el más absoluto. No por su reino ni su corona, sino por el mero hecho de saber que era capaz de hacerlo y demostrarlo. A él y a mí, al mundo. A todos vosotros, los que me querréis redimir tras mis motivos y los que me odiaréis por ellos.
Por odio maté a Mufasa, por esa pequeña porción de infierno que vivía dentro de mí. Por la simple necesidad de que dejara de existir, de atormentarme. Me destruía con su felicidad, su vida estaba impregnada de ella. Me asqueaba su concepto de familia, de sabiduría. Esos cimientos que creí derruir, los mismos que me llevaron a una vida ácida, deseosa de quemar.
Quemé todo lo que veía en él… Pero no todo en él era evidente. Creí lograr su perdición y eso me condenó a la mía. Esos pilares, esa familia… Sigo convencido de que son débiles, que por puro azar persistieron. ¿Pero ahora qué más da? Me es indiferente lo que ocurriera. Porque yo maté a Mufasa, no es mi culpa que una parte de él subsistiera.”




 



martes, 14 de mayo de 2019

El Edificio Planeta


Preside la plaza de Maria Cristina un edificio bastante singular. En la entrada de Barcelona, al principio de la Diagonal, se alza imponente el Edificio Planeta.

Cubierto de plantas, ha llamado mi atención desde que era pequeñita. Cada 30 de diciembre veníamos al Imax y a comprar turrón, y al entrar en la ciudad allí estaba. Ancho, aparentemente descuidado. Pero un descuido leve, ordenado; como si alguien se encargara de mantener la vegetación sin ánimo de llamar mucho la atención.

La mayor parte es hiedra, de vez en cuando asoma alguna flor. Siempre había tenido la curiosidad de cómo sería por dentro, de modo que el martes pasado, volviendo de una comida, decidí descubrirlo.

Me costó encontrar la entrada, finalmente hallé una puerta abandonada. Podría decirse que estaba escondida, aunque qué se yo, tampoco todos los grandes edificios poseen enormes portales. Debo admitir que tuve que forcejear un poco; después de un par de empujones, cedió.

Tras el chirrido vino el silencio. El de la estancia y el mío. Sorprendida, me quedé sin habla. Aunque dentro de mí, algo susurró que era tal y como lo imaginaba.

Un habitáculo enorme, el ala central del edificio, estaba inundado de árboles que crecían hasta arriba. Nunca he sabido de botánica, pero habría jurado que aquello parecía el África profunda. Un ejército de lianas colgaba del techo, no miento cuando os digo que aquello parecía la selva.

De repente, sentí que alguien me observaba. Una gota de sudor recorrió mi frente, el miedo y aquella humedad infernal jugaban su papel.

Con sigilo, como si fuera un jaguar, se fue acercando a mí… Tarzán.

Al principio ambos nos quedamos callados, no sabría decir quién estaba más sorprendido. “¿Cómo has llegado aquí?” Preguntó. Le conté mi recorrido, la curiosidad y las dudas, la Navidad y las idas a clase por la Diagonal. Él también me contó su parte, su venida hacia Europa. No dudó en seguir a Jane, pero un cambio tan radical le pasaba factura. Con pesar estuvo a punto de abandonar esta parte del mundo, hasta que el padre de Jane encontró la solución. Pacífico, adinerado y sobre todo, embelesado con la felicidad de su hija, el cariñoso suegro adquirió el Edificio Planeta. Lo reformó y adaptó, y allí vivía la feliz pareja. Jane era ahora consultora y él mantenía su edificio, su trocito de África en Barcelona.

Cuando acabó el relato se me ocurrió mirar el reloj. Era mucho más tarde de lo que pensaba, y era probable que Tarzán no estuviera acostumbrado a las visitas largas. Así pues, encontré la puertecita de nuevo con su ayuda -aunque me confesó que no era la entrada habitual- y me fui a casa. Dos semanas después quise volver a ir, no había compartido con nadie mi aventura; comprendía la criticidad de su discreción. Busqué la puerta per no fui capaz de encontrarla… Supongo que son más precavidos de lo que imaginé.

martes, 16 de abril de 2019

Gracias, Notre-Dame


Ardes, te ahogas ante nuestros ojos e intentamos ayudarte, pero te derrites más rápido de lo que pensábamos.

A tu alrededor siempre ha habido calma, te erigiste despacio, con tiempo. Tranquilamente elevaste tus muros, tan grandiosa que tardamos casi dos siglos en construirte. Curioso, todos te conocemos, pero no teníamos idea de tu fragilidad hasta hoy. Hemos disfrutado tan inocentemente de tus cristaleras, de tus gárgolas, que no hemos siquiera pensado en ella.

Ahora te vemos arder con desesperación y velocidad, con esa frustración que no implica, pero impone. Muchos de nosotros no te sentimos tan nuestra como para llorar, pero sí notamos que se desgarra una piececita de esta, nuestra historia.

Impone pensar que si la humanidad se resumiera en un par de páginas, aparecerías en ellas. Sobreviviste a la Revolución, albergaste a reyes y a plebeyos. Nos estremecimos cuando te vimos defender a aquel jorobado, con amor le protegiste y le mostraste el camino a la libertad.

Pensaremos también en aquellos ojos verdes que escondiste, con rabia ardiste ante Frodo. Pero hoy hemos comprobado que la realidad no es tan bonita, tu naturaleza no es inmune a las llamas. Y tenemos tanto que agradecerte.

Nos has recordado que casi nada es indestructible, ni siquiera la mismísima Notre-Dame. Que debemos disfrutarte y valorarte cuanto te mereces, porque podrías no estar aquí para siempre. Y nos consolamos sabiendo que te restauraremos, y además mucho más rápido que la última vez. Ahora mismo nos empapa ese sentimiento de impotencia, pero te agradecemos que nos hayas recordado esa sensación de equipo, de unión.

Hoy la gran mayoría de la humanidad gira su mirada hacia lo que daba por supuesto: Tú. Miramos con una mezcla amarga de asombro y desesperación como se hunde un eslabón de nuestro paso por el planeta, con la ilusión de que repararemos juntos los daños.

Y por eso debemos darte las gracias, por recordarnos que todos estamos del mismo bando. Nos pondremos manos a la obra y erigiremos de nuevo las columnas que te ha robado el fuego. Nos consolará pensar que lograremos hacerlo, es una certeza. Y que juntos podremos hacer que suene de nuevo tu son, el son de Notre-Dame.


domingo, 30 de diciembre de 2018

17.13h

Podrías pensar que es la peor sensación del día… O la mejor.

Se os ha hecho tarde comiendo, entre las birras en el Pla de Beret y el postre, a las cuatro y poco salíais de allí.

A y media te das cuenta de que tu amiga está cansada y has infravalorado la pista que os queda; empiezas a sufrir, pero sólo un poquito. Tú vas bien, pero ella necesita su tiempo. “Llegaremos” te repites una y otra vez, pero no avanzáis y ya son y 40.

Llegas al cambio de rasante y lo ves, el telesilla Jorge Jordana que os llevará hacia casa. En teoría cierra a menos cuarto. A esa hora exacta oyes que avisan “¡Cinco minutos!”, miras a tu amiga y os entendéis “Corre, baja tú y haz que me esperen”. En dos curvas llegas abajo y se lo dices a la encargada. Sus ojos cansados no te dan respuesta, en su lugar grita “¡Un minuto!”. Entendido. Empiezas a gesticularle a tu amiga, “¡Corre, corre!” A malas una silla que hay más abajo podría llevaros también… Si llegáis.

Finalmente tu amiga llega casi con el corazón fuera. Entra y cierran la valla, eso sí es apurar. Cogéis la silla ya solas, tu amiga aún resopla. Os llevará hacia arriba y sólo os quedará bajar hacia el huevo, el telecabina de vuelta al parking. “¿Llegaremos, Gloria?”, “Sí, mujer, seguro que el huevo lo cierran tarde. Tú descansa.” Miras el reloj de reojo, las 16.55 y llegando arriba. Quieres creer tus palabras, pero sinceramente también quieres creer que tu amiga pondrá el turbo.

Bajáis de la silla y arrancáis, la pista aguarda. Vacía, sola para vosotras. Y ahí te invade… La peor sensación del día, y la mejor. Es una sensación nueva, una perfecta mezcla de paz interior y pánico. Parecido al mar abierto, en calma, para ti. El sol se está poniendo y al bajar vosotras ya se ha parado el telesilla. Excepto la nieve que sale de los cañones -ya encendidos- no se mueve ni un átomo. La pista Reina, ya sombría, es lo único que os separa del telecabina. Se ve, abajo. Se te hace raro ver las pistas con esa luz, hay visibilidad pero ya oscurece, y el silencio te cala cada hueso. Podrías parar a reflexionar o echar a correr, y lo peor es que no logras descubrir qué sensación se podría apoderar antes de ti. Es tan interesante que incluso te podrías parar a escribir sobre ello.

Vais bajando hasta que se oye lo peor. “¡Corred, que cerramos!” Os avisan los del huevo. La mitad de paz que habitaba tu cabeza le cede el espacio a esa sensación de urgencia, el huevo es la única opción. No hay mucha nieve y la pista de vuelta a casa no es esquiable, vamos, que es apta para que pasten las vacas.

Tu amiga hace lo que puede y repetís estrategia, de un sprint llegas abajo pero no esperas obrar milagros. El encargado te avisa de nuevo; los empleados de la estación están cogiendo las últimas cabinas con las bolsas de basura.

Le haces señas a tu amiga y te responde, piensa que la saludas. “¡Que no, que no, que cierran!” Y no sabes cómo, pero ella también hace un último esfuerzo y llega, finalmente llega.

17.13h y entráis en el último huevo; el encargado ríe. Y vosotras con él, porque ha sido la peor sensación del día… Pero también ha sido la mejor.






lunes, 23 de abril de 2018

Sant Jordi 2018: La Tesi

Feliç Sant Jordi! Després de passar una tarda intensa entre roses i llibres, us deixo el relat que he presentat aquest any al Concurs de Relats Curts de TMB. Espero que us agradi!

La Tesi

Amb la tesi sota el braç, faig una esprintada cap a la parada; se m’acaba d’escapar un autobús. Aprofito per repassar l’index, en menys de dues cares ja n’arriba un altre. Sense veure quin és, trec la T-Jove i entro amb compte de no perdre la bossa, la tesi ni la carmanyola.


Tan bon punt es tanquen les portes, aixeco la mirada per passar la targeta i em quedo sorpresa; el bus està decorat amb un estil vintage; no té ni màquina per validar el viatge. Els primers seients estan ocupats per sis nans. Quatre d’ells porten la barba arreglada i la roba neta i ben pulida. Els altres dos fan riallades sonores i s’han despentinat. Concentrada en tots ells, quasi no m’adono de que algú em crida l’atenció agafant-me per l’abric: un altre nan, aquest sense cabell, em fa signes educadament demanant-me que el deixi passar. Pren seient al costat dels que riuen i em deixa pensarosa.

Continuo cercant lloc per seure; prefereixo fer asseguda el trajecte des de Bailén fins la universitat. Sobretot si les cames em tremolen pels nervis; espero que al meu tutor li agradi la vista preliminar de la tesi. Ser Doctora en enginyeria és quelcom que he somiat des de fa anys, però la fama d’exigència del Dr. Pla em fa difícil això de ser optimista.

Aixeco el cap i em quedo en xoc. Tres persones en miniatura juguen a cartes en dos seients laterals. Estan completament pintats de color blau. La seva veu és massa aguda i duen un singular barret de color blanc. Em giro i compto un alre cop els set nans. Em desmaio.

Una veu adulta em desperta i em dóna un  tros de pa, sembla que he tornat a la normalitat. Començo a parlar amb aquell bon home, deu tenir 50 anys. Li pregunto on sóc, què ha passat. Em diu que no em preocupi, que em quedi amb ell. Quan porto deu minuts parlant-hi, m’adono d’un detall quasi irrellevant. Per sota de la bufanda albiro una barba amb un to que sembla blavós. No pot ser. He de fugir de Barbablava com sigui. Corro cap a la porta del bus i de sobte fem una parada. Abans que pugui saltar fora, entra un noi ben plantat i xoquem de front. Es disculpa. Els set nans baixen i també puja un nen petitó amb una ovella.

El meu cap torna al noi jove, va vestit de príncep. Bé, arribat aquest punt, assumeixo que és un príncep. Em pregunta si estic bé i recull la carmanyola del terra, la mira estranyat i me la torna. “Dispensi” S’asseu amb el nen. La ovella ocupa el passadís i es começa a menjar un paper que troba al sòl. Comprovo que es tracta del meu esquema de la tesi i li prenc ràpidament. El nen es disculpa “Perdoni, encara no l'he educada. Només sap que no pot menjar roses.” Li contesto amb un “No pateixi”. Ja no sé qui sóc ni si la que no encaixo realment sóc jo.

Un cop de volant em fa tornar a la realitat. Necessito desesperadament arribar a la universitat abans de les 9 en punt. El conductor crida un “Agafin-se!” i gira bruscament altre cop. Veig el que passa; un drac gegant ocupa la Diagonal i escup bafarades de foc. Amb la cua tomba dos cotxes i d’un cop de peu fa descarrilar el tram. Sento un crit “Ja et tinc, drac endimoniat!”; el príncep baixa del bus corrent mentre desembeina una espasa. Ara que les portes són obertes, aprofito per sortir d’aquest bus maleït. Marxo corrent cap la universitat sense mirar enrere; poc a poc la situació es normalitza i el cor se’m tranquil·litza. Entrego la tesi i en sortir veig quelcom extrany... Els carrers estan inundats de roses. Desconec què ha passat; ara ja no sé si el que he vist és o no veritat.

Belén Llátser Nieto




miércoles, 27 de diciembre de 2017

La carta


Estaba helado, sólo quería meterme en la cama y dormirme cuanto antes. Lo tenía todo hecho, el turrón y las tres tazas; el salón perfecto para que vinieran.

Exhausto, sólo hizo falta rozar la almohada. Esta vez ni siquiera intenté esperarles despierto, total, en cuarenta años no lo había conseguido.

Cuando abrí los ojos, tenía un escenario algo curioso ante mí. Una carta yacía en una mesa, no me pude contener, las dudas me inundaban. Decía así.

“Queridos Reyes Magos, sé que son comprensivos. No he sido muy bueno, tampoco altruista, pero al menos me he molestado en enviarles mi lista. Deseo muchas cosas, ustedes me conocen bien. Pero su buena fama les precede, ¿por qué no me las iban a conceder?

Me cuesta un poco la generosidad, ya saben que aquí abajo eso es difícil de enmendar. Les pido oro, oro puro en lingotes. Entre sus riquezas, algún rincón encontrarán que les sobre. A Él se lo trajeron, ¿por qué no a mí? ¿Acaso no necesito yo también vivir? Intentaré compartirlo, lo prometo. Y si no lo consiguiere, lo gastaría todo entero. No se preocupen, no me va a sobrar. Prometo fielmente que lo voy a aprovechar.

Y si ustedes supieran, yo no paso hambre. Pero querría comer y comer, y seguir comiendo sin saciarme. Y si a mi lado encontrara algún famélico, no sufran Majestades. Compartiría con él los restos, siempre que me sobraren. Pueden ver que soy considerado, comparto cuando puedo. Y si no puedo lo intento, eso a ustedes siempre les hizo ilusión.

Señores, mi trabajo aquí es duro. Todo el día apago fuego, me frustra ver cómo prende de nuevo. Es una obsesión, un suplicio. Casi no hay tiempo para dedicarme a ningún vicio. Si pudieran resolver mis tareas, les estaría eternamente agradecido. Podría incluso ser bueno, y al noble descanso prestarle mi servicio. No es pereza, es practicidad. Les aseguro que este regalo supondría mi felicidad.

Ustedes saben lo que me divierte, conocen mis entrañas, saben de mi suerte. De mil compañías distintas querría disponer, aunque seguro que para ustedes este deseo no es de buen ver. Lo dejo en sus manos, pero entiendan mi situación. No son ustedes quienes deben hacerme entrar en razón.

Y si por un momento su generosidad les embriagara, hay un regalo que me haría feliz eternamente. Hay un resquicio de Paz en la vida de la gente, un sosiego que siempre recupera sus mentes. Este trasfondo me anula, me impide y me desespera. Querría que la ira empapara sus cabezas. Sólo durante un día, aunque fueran unas horas. Desearía ver la ira impregnando todas las cosas. Tal diversión sería incontenible; el disfrute máximo, un espectáculo sublime.

Y si una última cosa me pudieran conceder, mi agradecimiento sería infinito. Con la humanidad se hizo algo inaudito. Se llevaron los mejores regalos, un trato ventajoso y un mimo bochornoso. ¿Cómo puede tolerarse? Quiero que sus privilegios se acaben. No puedo soportarlo, me puede. No quiero ni oírles ni verles. ¡Habrase visto! Desespero. Sin fuego ni infierno, siempre en el punto perfecto. Siempre tan maravillosos, es detestable. Cómo desearía que con ellos no fueran afables. A nosotros los demonios no se nos dio tal opción; seguro que sin ser malos, se nos condenó sin razón. No deseo una mejora para mí, pido un castigo para ellos. Que sepan lo que es sufrir, que conozcan que no todo es bueno. Ése es mi deseo, pues. Que no goce de su gracia ningún humano; que por un año, todos se queden sin regalos.

Hasta aquí mi lista de deseos. Gracias por leerla, de verdad estoy complacido. Larga vida al fuego, feliz Navidad desde mi Reino.”

Increíble, acabé de leer asustado. Esa carta me había dejado congelado. ¿Cómo se podía ser tan avaricioso? ¿Cómo podía alguien haber dejado que la gula y la pereza dominaran su ser? Y por si fuera poco, la lujuria y la ira también había brillado. Para colmo, una envidia insaciable, yo jamás podría caer tan bajo. Estaba claro que no había arreglo para aquel espécimen.

Empecé a pensar en mis virtudes por encima de aquel ser, y de pronto la situación empezó a torcerse. La sala se inundaba de carbón, desconozco de dónde salía. Por suerte algo me despertó y acabó mi pesadilla. Carbón era lo único que podrían traerle, abrí los ojos y me quedé pensativo. Era más que obvio, carbón era lo máximo a lo que podía aspirar.

De pronto, recordé qué día era. Me levanté rápido y corrí hacia el salón. Estaba todo, absolutamente todo lo que había pedido. Siempre, siempre perfecto.

Entre los regalos, vi algo que no esperaba. Juraría que la curiosidad empapó mi cara. Lo cogí, se me mancharon las manos. Era la primera vez que veía un carbón tan extraño. Era más negro que el de la barbacoa, debajo habían dejado una nota. 

“Sólo para que recuerdes que nadie es perfecto, pues esta noche te hemos visto algo soberbio. Vemos cada pensamiento, aunque sea pequeño; deberías saber que a Oriente llegan incluso los sueños.”